¿Salvamos vidas o salvamos la economía?

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Temo que en unos días más los bolivianos vamos a tener que discutir un dilema ético: ¿seguimos en cuarentena para salvar vidas y matar la economía o dejamos la cuarentena para salvar la economía y sacrificar vidas? La primera respuesta puede ser: seguimos en cuarentena y salvamos vidas porque con vidas se puede salvar después la economía.

Veamos. Si nos encerramos en casa por dos meses, el coronavirus no se habrá ido, a menos que los virólogos desarrollen una vacuna en tiempo récord.

Cuando volvamos al trabajo después de ese lapso, encontraremos la economía en estado cadavérico, salvo que encontremos otras formas de producción y consumo con un mercado casi totalmente confinado.

Ya en este momento los expertos han proyectado una catástrofe económica.

Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal) de las Naciones Unidas, advirtió, en una entrevista con la BBC, que se avecina una recesión global que hará que el PIB de la región decrezca (en un 1,8%), el desempleo aumente y millones de personas se sumen a los índices de pobreza.

“El número de personas que viven en pobreza se incrementaría de 185,9 millones a 219,1 millones”, dijo. Es decir, 33.200.000 dejarían la clase media para volver a ser pobres. “Y en pobreza extrema, aumentarían de los 67,5 millones a los 90,7 millones”, agregó. En suma, 23.200.000 bajarían de la pobreza a la extrema pobreza. En total: 56.400.000 latinoamericanos vivirían en condiciones precarias y más de 23 millones condenados a la muerte lenta.

El economista Mauricio Medinaceli publicó el pasado 29 de marzo en su blog la encuesta de hogares 2018, realizada por el Instituto Nacional de Estadística (INE): hay 3.464.867 hogares en Bolivia. De este total, 973.998 tienen una jefa de hogar. De este casi millón de hogares, el 28% es pobre.

“Si el año 2018 las jefas de hogar se hubieran hecho cargo de un miembro adicional, la pobreza aumentaría del 27,8% al 44,5%”, calcula Medinaceli.

A esta revisión de cifras, Bárcena agrega algo más como para no dormir: “Es decir, sí, estamos hablando de un impacto muy fuerte en los hogares, en las personas, en las pequeñas y medianas empresas y en quienes trabajan por cuenta propia”.

En Bolivia, hay 2.347.380 trabajadores por “cuenta propia”. Es decir, más del 46% de las personas en edad productiva, según un cuadro difundido por Medinaceli en twitter.

Una reciente encuesta realizada por Captura Consulting en La Paz, El Alto, Cochabamba y Santa Cruz, donde viven 1.664.131 de trabajadores cuenta propias (el 70% del total nacional), afirma que el 86% de este grupo, que respecto a otros empleados percibe ingresos bajos, suspendió su trabajo desde que comenzó la cuarentena total. En consecuencia, no tiene ingresos económicos regulares.

Si prolongamos la cuarentena, los resultados serían para llorar. No quiero ni pensar cuántas personas bajarían de la clase media a pobres y de pobres a extrema pobreza. Menos cuántos de ellos se irían del mundo sin haber cumplido su ciclo.

¿Cómo nos iría si elegimos salvar la economía y volvemos cuanto antes a las calles a trabajar sin miedo al virus?

Correríamos el riesgo de un contagio masivo de consecuencias mortales para centenares de personas dado que nuestro sistema de salud no está preparado para una emergencia de este tipo y ni siquiera hay pruebas rápidas de detección del Covid-19.

Los médicos especialistas Patricio Gutiérrez y Wayra Paz afirmaron, tras una investigación, que en el país hay déficit de recursos humanos, de infraestructura, de equipamiento, de insumos, de medicamentos, y de equipos de protección para el personal de salud. Si alguien tenía dudas, la muerte de Richard Sandóval aportó la prueba.

El dilema ético: ¿la vida o la economía? ronda desde hace días en las cabezas del poder, no sólo de Bolivia, sino del mundo.

Parece un callejón sin salida, pero quizá sí hay una tercera vía si aislamos de la familia, pero en casa, a las personas más vulnerables (personas de la tercera edad) y el resto sale a trabajar, con todas las condiciones de bioseguridad, por turnos, por prioridad productiva, por necesidad pública.

En esta vía deberíamos considerar las posibilidades de ampliar la población que puede trabajar desde casa y reorganizar las clases en escuelas y universidades desde junio próximo.

¿La vida o la economía? La vida, pero sin matar la economía, aunque para ello vayamos al trabajo todos con mascarillas y trajes especiales día y noche.

Andrés Gómez Vela es periodista.