Tres horas en la Posta de San Pedro: ¿cómo viven y se organizan los presos?

Jueves de visita. Es temprano aún, pero la fila de los familiares y amigos comienza a crecer sobre la calle Cañada Strongest. La puerta lateral de la cárcel de San Pedro se abre de rato en rato para que un grupo de cinco ingrese con sus documentos en la mano.

Todos esperan en silencio, se escucha uno que otro murmullo que logra pasar inadvertido por el ruido de los vehículos que circulan por ahí.

Ingreso con mi carnet de identidad y el de vacuna anticovid, la policía revisa los documentos y observa si mi nombre no está en una “lista negra” que tiene pegada en la pared. Me revisa la ropa, la mochila y por fin me dice “Pase nomás”.

Mientras camino hacia la sección de la Posta, una cumbia de los Bryndis se acerca a mis oídos, llego a un escritorio donde un policía registra mis datos y me sella en el antebrazo el nombre de la sección con tinta azul.

Levanto la mirada y al otro lado de la puerta con rejas es otro el ambiente que el de afuera. Las mesas rojas de plástico están distribuidas en toda la cancha de fútsal, algunas tienen sombrillas y otras, no. Se escuchan risas, charlas que se confunden entre sí, música y alguno que otro grito.

“¿A quién quiere que busque, señorita?”, me dice un chico que no pasa de los 25 años. Tiene un chaleco, una gorra de color amarillo y un talonario donde anota el nombre de la persona que busco. El “taxi” corre a buscar a mi amigo y al volver para avisarme que ya viene, me cobra 2 bolivianos por el servicio.

Mientras aguardo, un señor me acerca una silla para que me siente. “Aquí las esperas son muy largas, más para nosotros, pero no queremos que las visitas se cansen. Me avisa si quiere un juguito”, me dice.

Después de unos 5 minutos llega mi amigo y nos vamos a sentar a una de las mesas que están en la cancha. El hombre de la silla se acerca otra vez y nos ofrece una sombrilla. La acomoda, la abre y se va con 2 bolivianos por el alquiler.

El señor es parte de un grupo de privados de libertad que se encargan de alquilar las sombrillas. También ofrecen jugos, gelatinas, gaseosas y platos de comida que sacan de las cocinas. Los que se dedican a estos servicios llevan un chaleco de color turquesa, con bolsillos en ambos lados donde guardan sus monedas y pueden dar el cambio con más facilidad.

Mientras conversamos, nos ofrecen jugos de naranja y gelatina. Aceptamos un jugo y el encargado está cerca de nosotros. Exprime la fruta en ese momento y nos trae los vasos a la mesa. Cada jugo cuesta dos bolivianos.

“Aquí hay una buena convivencia, cada uno se dedica a algo en especial. Se gana unos pesitos vendiendo jugos, alquilando sombrillas o simplemente llamando para avisar que llegaron visitas”, dice uno de los reclusos con el que hablo después.

Pero no todos están en estos grupos de servicio. Hay otros que prefieren la soledad. A pesar del ambiente que se genera en un día de visita, ellos prefieren no salir de sus celdas, se quedan para leer o hacer ejercicios.

“No todos reciben visitas y si las reciben lo hacen en su celda. No salen ni para respirar o tomar sol. No se los conoce mucho aunque aquí sabemos quién es quién”, dice otro preso.

Uno de los que lleva el chaleco turquesa da vueltas alrededor de la cancha con su bandeja de gelatinas multicolor. Cada vasito de plástico tiene gelatina verde, roja o amarilla y encima se va perdiendo el coco rallado.

Los balcones

Alrededor de la cancha están las celdas distribuidas en tres niveles, improvisadas en la parte antigua y ordenadas en la construcción que data de 2012.

Pero en todo el perímetro, de los tres pisos, hay unos delgados pasillos protegidos con rejas negras que forman unos balcones. Desde allí se puede ver la cancha en su plenitud y todo el movimiento que se genera un jueves o un domingo de visita.

En los balcones descansan algunos presos, sus codos reposan en las rejas y tienen la vista completa para ellos. “Generalmente son los que tienen sus celdas cerca de los balcones, salen a respirar o a curiosear lo que pasa en la cancha”, dice el primer entrevistado.

En 2012 un grupo de reclusos se encargó de la construcción de un bloque de celdas denominadas “de lujo”, las cuales se rentaron o se vendieron incluso antes de que sean terminadas, según el archivo de Página Siete.

Cuando fueron estrenadas, el ladrillo y la venesta eran sus principales elementos de la edificación, pero con el tiempo fueron afianzándose con madera, ventanas y puertas, además de pintura. Así las encontré ahora.

Nos movemos de mesa con mi amigo y cerca de nosotros está un quiosco de golosinas; a mi frente se observa un pequeño puesto en el que ofrecen ropa deportiva, desde buzos, chaquetas, hasta zapatillas para jugar fútsal en la cancha.

A mis espaldas está la cabina telefónica. Hay un encargado que camina entre las mesas para avisar que Carlos, Eduardo o Félix recibirán en unos minutos una llamada. Cuando es el momento convoca al preso de un grito: “¡Carlos B., llamada!”. Carlos se levanta y va corriendo a tomar el teléfono. El servicio también tiene el costo de 2 bolivianos por llamada.

En la Posta cumplen detención desde civiles que entraron a la cárcel por pensiones hasta expolicías, cocaleros y militares que son presos políticos. Todos conviven en la sección que, sobre todo, tiene la regla de no molestar a nadie ni causar problemas.

“Cuando alguien comienza a molestar y causar problemas pedimos entre todos que lo saquen y lo lleven a otro lugar. Aquí se tiene que respetar a todos”, afirma uno de ellos.

Vivir en una celda sigue costando tanto o más que antes. Hay celdas privadas que están alquiladas, hay otras que se venden y también hay de las que están tomadas en anticrético. Cada sistema tiene sus propios precios, los cuales alcanzan los 15.000 bolivianos en el caso de compra y venta; 2.000 el alquiler y hasta 8.000 bolivianos el anticrético, en promedio.

La hora de salida ya llega. El ambiente ameno de compartir una comida o un jugo de frutas está terminando y eso se refleja en las caras largas de algunos privados de libertad, que se paran y acompañan a sus familiares hasta la puerta. Durante unas tres horas las penas, la desesperanza y la angustia se guardan. Salen a flote sonrisas, bromas y hasta algunas lágrimas.

Los reclusos se despiden con abrazos que duran segundos, pero seguramente para ellos son eternos, hasta la siguiente visita. Ellos están ahí procesados por delitos y se sabe que en la Posta corre mucha droga, pero eso es para otra historia.

Fuente: Pagina Siete

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