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Con perros y dinamita, guardas del Cerro Rico luchan contra la violencia

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Lucía Arnejo aún recuerda el día cuando se quedó sola y con la responsabilidad de mantener a sus seis hijos. Fue hace 16 años. No tenía trabajo, no tenía una casa dónde vivir y no veía un futuro. Sin pensar dos veces, la mujer se trasladó para vivir y trabajar como guarda en una de las 500 bocaminas del Cerro Rico de Potosí.

“Me indicaron que (en el ingreso de la bocamina) tendría un cuarto donde vivir sin pagar alquiler. Pero no había luz y agua, menos alcantarillado”, cuenta a Página Siete Arnejo, mientras se escuchan los ladridos de una jauría de perros.

A paso lento, la mujer camina rumbo a su casa, ubicada en la mitad del cerro. En el lugar se encuentran también las viviendas de 140 guardas que trabajan en cinco sectores: La Plata, Caracoles, Robertito, Pailaviri y San Germán.

Las guardas y sus hijos viven en casuchas sin agua potable, alcantarillado y electricidad. Las que se encuentran más cerca de la ciudad extienden cables para acceder a precarias conexiones de energía eléctrica. Pero la luz casi siempre se corta.

Pese a esas condiciones precarias, Arnejo dice que la principal preocupación de las guardas es la inseguridad en el Cerro Rico de Potosí.
Viven en casas precarias sin servicios básicos.
Foto: Verónica Zapana / Página Siete

“Nosotras cuidamos las bocaminas, las casillas y los materiales de trabajo de los mineros, antes que nuestras vidas”, dice la mujer y asegura que su función es vigilar la bocamina las 24 horas del día.

Para cuidar los equipos y el material, Arnejo cría a 10 perros. “Ladran cuando sienten o escuchan a una persona extraña. Ese rato yo salgo incluso agarrando dinamita para hacer escapar a los rateros. Es la única forma de defenderme”, dice y añade que muchas veces tiene miedo, pero aún así tiene que salir para enfrentar a los delincuentes.

Los perros son también los guardianes de Arnejo y su familia. “Es peligroso, cuántas veces se ha escuchado casos de violaciones y asesinatos aquí (en el cerro). Los mismos mineros son los que abusan de las guardas”, dice y comenta que por eso nunca faltan cartuchos de dinamita en su hogar.

La crianza de perros y el uso de cartuchos de dinamita son las medidas de seguridad empleadas por la mayoría de las 140 mujeres que trabajan como guardas en el Cerro Rico de Potosí, dice la directora de la Fundación Solidaridad con las Mujeres (Musol), Iveth Garavito.

La representante de la organización trabaja desde hace varios años en el lugar para empoderar a las mujeres de la mina. Cuenta que el 95% de las guardas de bocaminas del cerro son mujeres. Ellas, por lo general, son mujeres jóvenes, madres solteras y migrantes del área rural a la ciudad. Muchas no encontraron trabajo y aceptaron trabajar como guardas en condiciones precarias e insalubres.

Los salarios que reciben están por debajo del mínimo nacional, ganan entre 500 y 1.000 bolivianos. “Todo por un techo gratis donde vivir”, dice Garavito.

Explica que no hay policías que resguarden la mina. Ante esa situación, las guardas son vulnerables a ser víctimas de violaciones, abuso sexual y feminicidios.

Uno de los más recientes casos que causó conmoción en Bolivia ocurrió el 3 de agosto, cuando la Policía encontró los cuerpos sin vida de las hermanas Marisol y Elizabeth Olmedo, de 18 y 20 años de edad. Ambas tenían los cráneos destrozados y estaban desnudas. Ellas se encontraban en el lugar en reemplazo de su hermana mayor y su cuñado. Ellos son serenos de la bocamina Forzados II y ofrecieron 500 bolivianos para que cuiden el lugar por un tiempo.

Cinco días después del hecho, la Policía detuvo a cuatro hombres acusados del doble feminicidio. Fueron enviados al penal de Cantumarca. El 20 de agosto, uno de ellos se benefició con detención domiciliaria porque presentó 10 testigos que aseguraron que el individuo no estaba en Potosí, sino en la comunidad de Ck’ochas.

Según las guardas, durante los últimos siete años se registraron al menos tres denuncias de violaciones contra las guardas o abuso sexual contra sus hijas, pero otra cantidad -la mayoría- no denuncia por no perder el trabajo y por vergüenza.

La trabajadora social de la Fundación Solidaridad con las Mujeres (Musol) Patricia Santa Cruz recuerda que años atrás un minero intentó abusar sexualmente de una guarda y de su hija. “Ella logró defenderse”, dice e indica que prefirió no denunciar el hecho por temor “a perder su fuente laboral”.
140 guardas trabajan en el cerro las 24 horas del día.

Mientras este medio conversa con las guardas y las representantes de la fundación, uno de los mineros comenta: “A veces las mujeres no se dan a respetar, por eso les pasa eso. Ellas pues toman con nosotros. Qué hacemos si provocan”.

Muchas de las guardas prefieren guardar silencio, pero otras no se quedan calladas y cuentan con amargura las historias de violencia que viven todos los días.

Uno de los relatos más tristes es el de la hija de una guarda que no logró defenderse. Fue violada por un juku (ladrón de minerales), quien además se llevó una compresora. “Lamentablemente, los de la cooperativa estaban más preocupados en recuperar el equipo, no pensaron en la niña”, cuenta.

La fundación ha solicitado seguridad policial en el cerro, pero no se cuenta con suficientes efectivos para resguardar todo el lugar. Ante esa situación, se solicitó capacitación para “enseñar a las guardas defensa personal”, dice la trabajadora social.

Garabito denuncia que no sólo las guardas sufren vejámenes, sino también algunas jóvenes que visitan el cerro. “Como es vacío, no hay quién controle”, añade.

Lucía cuenta que una vez ayudó a dos muchachas semidesnudas que casi fueron violadas, pero lograron escapar de sus agresores. Ella las ayudó y las recibió en su casa hasta que pase el peligro.

Pagina Siete

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