Anticipo exclusivo del libro de Evo Morales: Las primeras horas fuera de Bolivia

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“Volveremos y seremos millones” -que retoma la frase del cacique indígena Tupac Katari que luego hizo famosa Eva Perón- es el título del volumen publicado por Planeta . En primera persona, el ex presidente boliviano da su versión de los hechos que terminaron con su gobierno.

Al día siguiente, la acción tan natural del movimiento campesino, de muchos sectores sociales, podría haber sido tomar el Palacio, la Plaza Murillo. Y no sé si la gente civil de la derecha habría disparado, tal vez algunos sí, pero la policía sí habría metido bala y el resultado habría sido una masacre. Yo evalué profundamente esto y no puedo ser responsable de una masacre. Informé a mis ministros, a mis compañeros, para evitar esa masacre, mejor renunciar, no por cobarde, sino por cuidar la vida. Repito: ni un muerto a bala durante el conflicto. Siempre hemos recomendado a la policía cuidar las vidas, no disparar.

En diez días iba a haber más de 40 muertos, más de 400 heridos de bala, más de mil detenidos. Dictadura, dictadura es el Golpe. Así la derecha gobierna; que lo sepa el mundo y, especialmente, que lo sepan las nuevas generaciones.

Entonces dormí con la conciencia tranquila, la decisión de renunciar era un buen cálculo para evitar una masacre.

Renuncié el domingo.

Las Fuerzas Armadas fueron las últimas en «sugerir» mi renuncia, en conferencia de prensa.

Pero antes de haber anunciado que no iba a ser el can­didato a la presidencia.

Domingo renuncié, les repito.

Hasta que llegó el Golpe. Y llegó ese día, bueno, llegó la recomendación de compañeros:

—Evo, tienes que abandonar acá, te van a matar.

Era el domingo 10 de noviembre, ya ofrecían 50.000 dó­lares a equipos de seguridad para que me entregaran.

Entonces, la información que recibimos es que quiere darnos asilo Paraguay. Yo saludo al presidente Abdo Benítez, tenemos mucha amistad, trabajamos juntos, sé que es de la derecha, pero nos respetamos y trabajamos. Donde tenemos coincidencias trabajamos; donde no tengo coincidencia, no. Privatización, bueno, eso no se habla ya. Nos conoce­mos. Pero me dijeron que no tenían logística, en Paraguay. Decían:

—No tenemos una avioneta para poder sacarte.

Y entonces viene, segundo, el ofrecimiento de México. Entonces, negociamos. La pregunta, dijimos, era, bueno, ¿cómo salir? Estábamos en el monte, en el Trópico de Co­chabamba, nos llamaron mandatarios de todo el mundo, nos llamó Alberto Fernández, que todavía no había asumido la presidencia en Argentina.

Estaba todo tomado por el movimiento campesino. En­tramos, había habido una llamada telefónica de la Novena División de las Fuerzas Armadas al alcalde. «Cuente con nosotros», decía.

En ese momento pensé meterme ahí. Pero ya estaba renunciado o tal vez era una forma de capturarme también.

Ahí pernoctamos, recordé mis tiempos de cocalero, de compañeros de base, dormimos ahí.

No comimos nada, no había nada.

(…)

La gente seguía, miles a la noche, llorando, entramos al aeropuerto, subimos al avión, bien.

En la noche del día lunes, voy caminando a tomar el avión, a subirme al avión que me va a llevar fuera de Bolivia.

Vieron el video y me dijeron que es emocionante. Yo no vi qué filmaban, qué filmaron; a mí me filmaban.Partidarios de Evo Morales llevan el ataúd de personas asesinadas por fuerzas de seguridad en Senkata, días después de la salida del poder del ex presidente. Noviembre de 2019. (REUTERS/Marco Bello)Partidarios de Evo Morales llevan el ataúd de personas asesinadas por fuerzas de seguridad en Senkata, días después de la salida del poder del ex presidente. Noviembre de 2019. (REUTERS/Marco Bello)

Había compañeros llorando, mujeres llorando. Pero to­dos estábamos convencidos de que habíamos salvado la vida. En ese momento era lo más importante.

Agradezco a compañeros y compañeras que estuvieron todo el día concentrados, miles y miles.

Además de eso, de estar acompañando, claro, era im­portante la acción, la movilización. Además, si no hubie­ra sido por los compañeros, ¿qué hubiera sido de mi si­tuación?

No solamente fue México quien me salvó la vida.

Me salvaron la vida los compañeros concentrados ese día.

Autoridades locales, ex dirigentes, muchas juventudes.

Hay otra historia, antes, antes de subir al avión, y tam­bién la inteligencia de los compañeros me salvó de ahí. Una operación preparada por la alcaldesa de Sorata, el alcalde de Villa Tunari, dirigentes, ex dirigentes de la Federación, seis y siete compañeros bien comprometidos y con mucha inteligencia, que saben, con mucha experiencia.

Salí de Chimoré con un auto oficial, entramos en una senda. Ahí dejaron autos, esos autos, y agarramos autos vie­jitos, pasamos por la avenida, no se daban cuenta de quiénes éramos con esa movilidad, cruzamos al otro lado y salimos de la avenida y para mayor seguridad nos vamos a otra senda, ya monte adentro.

Hay una foto, la vi. Yo aparezco durmiendo. Tuvimos tiempo de dormir, monte adentro.

Hay toda clase de bichos. Son tantos bichos que a estas horas de la tarde siempre suenan. Sonaban esa noche, al día siguiente también sonaban. Día lunes conversando, y cuan­do conversamos por teléfono me preguntaban:

—¿Dónde estás? Y yo respondía:

—Estamos en una selva, monte adentro, por razones de seguridad.

Y se oían los bichos y no podían entender algunos compa­ñeros nuestra situación ni dónde estuvimos. Para mí no era ninguna novedad, porque en mi vida pasé mucho tiempo en el Trópico cochabambino.

Pasó eso y empezamos a carretear hasta la punta de la pista para levantar vuelo y recibo una llamada telefónica. Bueno, el avión se paró y no está levantando vuelo, ¿qué está pasando? Que el comandante Terceros les comunicó a los pilo­tos que se acabó el tiempo de permiso de levantar el vuelo.

Entonces, ¿qué hay que hacer? ¿Otra vez hay que carretear hacia la terminal civil? Carreteamos ahí.

En ese momento llamé a mis compañeros. Les digo otra vez:

—No me han dejado salir.

Otra vez, la gente ahí de vuelta. El compañero Luis Cutipa.

La pista recta, al frente está el camino, habían visto que el avión estaba retornando:

—¿Qué pasa, Evo? ¿No lo están dejando salir? —pregun­taba.

Vuelven. Nuevamente vuelven.

Ya se había retirado, la gente ha vuelto. Serían ya las 10:30, las 11:00.

Qué hacemos, no sabemos, preguntamos.

Y la Cancillería mexicana y el comandante de la tripula­ción nos dicen:

—No salgan, no van a salir del avión, un avión de México es como territorio mexicano.

Nos quedamos ahí, un poco cansados. Qué hacemos, preguntamos.

Y Álvaro llama al comandante Terceros y dijo:

—Aquí, general, bajo su responsabilidad, aquí hay más de 10 mil compañeros concentrados, aquí va a arder el avión, va a arder la pista, sus soldados van a arder, todos vamos a arder aquí.

Esto dijo Álvaro al comandante Terceros de la Fuerza Aérea boliviana. Y el comandante, escuchando eso, dijo:

—Páseme con los pilotos. Álvaro le pasó:

—Tienen permiso para levantar vuelo. Otra vez carretear, y así levantamos vuelo.

Pero no podíamos volver a Lima ni podíamos pasar por territorio de Perú, menos por Ecuador.

Y aquí hay una duda, porque sí podíamos por Brasil. Fue después de la primera o segunda semana en México, qué nos dicen, nos dicen que las altas autoridades de Bra­sil no sabían. Como tienen miles de vuelos, es tan grande Brasil, piden permiso desde Paraguay, denle permiso dicen. Tal vez se han confundido. Tal vez si hubieran sabido que era este el caso, quién sabe, tal vez no me hubieran dado permiso. No sé qué hubiera sido en esa situación.

Entonces, al día siguiente, llegamos a Paraguay, recarga­mos combustible y levantamos vuelo.

Volamos dando vueltas y vueltas porque no podían entrar al territorio de Perú ni al territorio de Ecuador. Lamento mucho decir que sus presidentes no mandan ahí, el Gobierno no manda ahí: manda Estados Unidos.

(…)

Al día siguiente de mi renuncia, era la segunda semana de noviembre, ya hay muertos en Zona Sur hacia La Paz, ya hay una reacción automática del pueblo.

Frente a los muertos, más reacción en toda la población boliviana, una autoconvocatoria a la cabeza del movimiento campesino indígena boliviano en Potosí, en Oruro, Santa Cruz; interculturales, en San Julián, Yapacaní, en el valle cruceño. Salen a concentrarse a la ciudad de Cochabamba, es una gran concentración.

No los dejan llegar a La Paz.

En La Paz ha habido tantas marchas. Y cuando en el Chapare, en el departamento de Cochabamba, marchaban en la ciudad de Sacaba hacia Cochabamba, la ciudad, la capital departamental, ahí viene la masacre.

El 14 de noviembre, claro, los compañeros querían ha­cer su manifestación en la ciudad. Yo escuché eso desde México.

Un comandante de la policía departamental de Cochabamba les dice en la ciudad:

—Prepárense, vienen las hordas masistas. Antes nos decían «indios», despectivamente. Decían que los indios son animales.

Ahora son «hordas masistas». Ahora al indio le dicen masista.

Así preparan el ambiente para esa masacre. Según me cuentan. Y se han visto imágenes.

El ataque a la marcha es por tierra y aire. Disparan a las masas «masistas» desde helicópteros que hemos comprado nosotros.

Los oficiales me informan que algunos de ellos estaban en helicópteros.

Dijeron a sus comandantes:

—Nosotros no vamos a disparar porque ahí abajo están mi papá y mi mamá.

Yo he hablado con un subcomandante del regimiento y en la gente estaban sus papás y mamás. No dispararon. Dijeron:

—Están mis padres al frente, no vamos a disparar. Lo mismo me confirma el comandante.

A esos oficiales de las Fuerzas Armadas en el campo, y especialmente a los oficiales del Trópico de Cochabamba, al día siguiente no los sacan a las calles. Los dejaron acuartelados y en el cuartel es sin fusil que están. Solo a la noche los sacaron para patrullar. Eso en Cochabamba. Pero eso pasó en toda Bolivia. En especial en La Paz.

No los sancionaron, pero los dejaron acuartelados. Ya no había confianza.

En Cochabamba, como no podían entrar los que mar­chaban por el camino principal, se habían ido por El Abra, donde hay un túnel.

Estaban pasando por el túnel y los emboscaron militares junto con policías. Ahí adentro del túnel estuvieron ence­rrados horas y horas. Los compañeros me están informando que ahí adentro les han hecho arrodillar, los han pateado, les han hecho quitar sus botas, sus zapatos de sus pies los mi­litares. No los dejaron llegar a la ciudad de Cochabamba. La mayoría de fallecidos es del Trópico de Cochabamba. Otros de la Federación Única de Campesinos del Departamento.

En Senkata, al sur de la ciudad de El Alto, donde hay un centro de abastecimiento de combustible, no dejaban sacar y la ciudad estaba sin combustible. Para romper eso, otra masacre. Muertos y más muertos. En los «enfrenta­mientos» que denuncian los funcionarios del gobierno de facto, solo caen los manifestantes. Ni heridos hay entre los uniformados.

La Masacre de Senkata parece calcada de la Caravana de la Muerte que sucedió durante la Guerra del Gas del año 2003, cuando también intentaron con tanques y balas abrir paso a los camiones cisterna que alimentan con combustible y gas la ciudad de La Paz. Aquella matanza se dio sobre la autopista. Esta vez los manifestantes cayeron frente a la planta.

(…)

De todo esto me enteraba en México por los medios, por las redes.

Paralelamente a estos hechos, varios ministros se asilaron en la embajada de México. Y siguieron ahí después del Golpe.

La misma noche de la renuncia, algunas personalidades del Gobierno, familiares, se han ido a la embajada mexicana. Era entendible.

Ha pasado tiempo y algunos prefirieron salir, como la Nélida Sifuentes. No tiene nada y se salió sin problemas en Chuquisaca. Algunos abandonaron y salieron hacia Eu ropa. Y algunos se quedaron y ahora no pueden salir. El último en salir fue el compañero ministro César Navarro. Salió, le empezaron un proceso, pero no tienen ninguna prueba.

Con los que están en la embajada todavía estamos ha­blando.

Incluso con Carlos Romero, ministro de Gobierno. Yo le dije a Carlos Romero:

—Te van a procesar.

—No, yo no tengo nada.

—Todos no tenemos nada: es un tema político.

—Es un tema jurídico.

—Político es.

Y cuando dije eso, me dice:

—Voy a salir hacia Argentina.

Como conozco un poco Bolivia le digo, le voy diciendo:

—Por acá, llegas pasando por Potosí, pasando Chuqui­saca llegas al Camargo, el Camargo por el camino de herra­dura, de ahí a Villazón y ¡La Quiaca y ya estás en Argentina! Llegamos y te recogemos.

Pero el Carlos Romero no me creía. Como no tiene nada, ¿cuál iba a ser el proceso? Cuál iba a ser el cargo, ¿luchar contra la corrupción? Iban a meter a la cárcel a los corruptos. Ahora se vuelcan y están procesando por calumnias.

Un poco dudó y cuando estaba en la presentación se lo llevaron detenido a la cárcel. Ahora está con arresto domiciliario. En la cárcel estuvo en situación de riesgo, por­ que estaba en la cárcel con los que él había metido en la cárcel. Cuando a Carlos Romero lo llevaron a la cárcel veía mucho a las personas que él mismo metió en la cárcel por corrupción y otros casos.

Fue una prueba. Como no podían meter en la cárcel a Evo, a Álvaro ni a otros que estaban en la embajada, entonces quieren una prueba, una muestra. Dicen a los bolivianos:

—Ahí está, lo estamos encarcelando.

Para eso lo metieron en la cárcel. Prácticamente no había nada ni siquiera para investigar. Hablé después con él, que ya está con detención domiciliaria, y dice que están buscando otros casos.

Con la gente que está ahí en la embajada, la mayoría se retiró oportunamente, clandestinamente, y a algunos sacamos, como a Luis Arce, y algunos se quedaron pero no se animaron a retirarse. Si se retiraban no hubiesen estado ahí. Se quedaron ahí y ahora no pueden salir. Ahí están los ministros de la Presidencia, de Justicia, de Gobierno, de De­fensa, de Culturas: el Juan Ramón Quintana, el Héctor Arce, el Javier Zavaleta y la Wilma. Más el gobernador de Oruro, Víctor Hugo Vázquez.

La que fue a la cárcel es Patricia Hermosa, mi jefa de Gabinete. De quienes más tiempo han durado conmigo. Mucha conciencia social, muy comprometida, una joven profesional. Son las Bartolinas del departamento de Tari ja que nos la han propuesto. Primero trabajó como una secretaria importante, se comportó muy bien, ascendió al Gabinete, se quedó ahí.

Después del Golpe estuvo en contacto. Se había enamo­rado de un militar, uno de Seguridad, y se casó con ese te­niente.

Llega a Tarija como militante y comprometida, ya con mis papeleos, ya como mi abogada, mi asesora, mi abogada defensora, mi apoderada para mi postulación como candidato a senador por Cochabamba para las futuras elecciones de 2020.

Primero la citaron, se ha presentado. En la primera citación, después la dejaron libre. Después de una semana, otra citación. Y ahí la metieron en la cárcel, por «terrorista».

Solo por hablar conmigo, por hablar por teléfono conmigo, Patricia Hermosa ya es terrorista. ¿Qué es terrorismo? Intentamos liberarla, pero es difícil.

Creo que es como un escarmiento. A todos les advierten:

—No hablen con Evo. Si hablan con Evo, se atienen a la cárcel.

Ese es el mensaje.(DPA)
(DPA)

Al actual ministro de Salud implicado en temas de corrupción, por temas de respiradores, lo llevaron a la cárcel cuatro horitas. Después, arresto domiciliario por temas de salud. Patricia, solo por hablar telefónicamente conmigo, meses de cárcel.

El cónsul en España implicado en el caso de corrupción de los respiradores con sobreprecio en pleno coronavirus fue a la cárcel y lo liberaron con una fianza de 20.000 bolivianos. Ese ministro de Salud, fianza de 50.000 bolivianos.

A Carlos Romero, mi ministro, ahora le dieron arresto domiciliario con fianza de 350.000 bolivianos. Uno paga 3.000 dólares, otro 50.000 dólares. Totalmente injusto.

Muy pocas compañeras podían aguantar el ritmo que soportaba Patricia. A las cinco de la mañana tenía que estar en el Palacio; después en la Casa Grande del Pueblo. Otras veces tenía reunión en la Residencia, a las cinco tenía que estar en la Residencia y se iba a las ocho de la noche. Las compañeras que llegaban a las ocho, nueve de la mañana se quedaban hasta las once, doce. Generalmente se turnaban. Ahí hay un tema interesante, es bueno para contarles. El equipo que trabajaba en Palacio Quemado primero, en la Casa Grande del Pueblo, después, eran solteros y solteras.

Un casado o con un hijo no iba a soportar algo así. Yo les decía:

—Compañeras, si quieren casarse o embarazarse díganme anticipadamente para preparar a otro compañero, a otra compañera.

Y después no se iban a quedar conmigo, se iban a otra oficina a seguir trabajando si estaban casados o embarazadas.

Se reían, pero lo han entendido al final.

La última vez, a la responsable de la Residencia Presi­dencial, que siempre está en contacto conmigo, organizando, ahí sentadita, preocupadita la veo. Y yo dije: «Pasó algo con ella».

La llamé:

—¿Qué tienes, estás embarazada? Y me dijo:

—Estoy embarazada, presi.

Le pregunto:

—¿Desde cuándo? Me responde.

Le digo entonces:

—Hay que convocar a otra compañera en una semana, dos semanas, le enseñas cómo se maneja todo y te vas para el Palacio o a otro lugar donde quieres.

Llega al Palacio y trabajando menos ganaba más. Estaba contenta, se casó.

Patricia resistió hasta lo último. Después del Golpe se casó.

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