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Una vida en blanco y negro para ser candidato al cielo

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El taxi Toyota blanco corre por esos caminos de tierra, a cuyos lados se extienden verdes y amplias planicies, en su mayoría plantaciones de pastizales para el engorde del ganado. Con las últimas lluvias, los rayos del sol y el cielo celeste, todo brilla. La temperatura por debajo de los 30 grados es una caricia para la piel en las tierras de los menonitas radicales de Valle Nuevo, Pailón, departamento de Santa Cruz, Bolivia. En su carrera, a momentos, el Toyota levanta nubes de polvo amarillo y se topa con pequeñas lagunas entre los campos, como se denomina a la propiedad de cada menonita en Valle Nuevo. Las lluvias de los días pasados provocaron esas inundaciones, que el chofer del taxi supera, incluso sumergiendo su vehículo hasta la mitad en las aguas color barro. Pero el coche, que se nota, tiene sus años, sale triunfante de cada prueba que encuentra en el terreno.

De rato en rato, en la planicie verde aparecen algunas casas. Parecen dibujos sacados de un libro de cuentos. Son casi iguales: de un piso, con ventanas pequeñas de marcos blancos, igual que los revoques de las fachadas, construidas con ladrillos tipo gambote. Encima un amplio ático, igual, con ventanas pequeñas. La estructura proporciona sombra al ingreso y a los lados de las casas, donde están parqueadas las carretas negras.

Son las buggies, en las que los menonitas de las colonias se transportan. Tienen llantas de hierro, las de goma están prohibidas.

Las ventanas de todas las casas están cerradas, con las cortinas caídas. No se ve a nadie.

La armonía y tranquilidad que regala el paisaje impide que notemos que estamos perdidos. En medio de esa planicie todo se ve igual, pero no para el experimentado chofer del taxi que nos transporta. Es un hombre de nacionalidad india que eligió Santa Cruz para vivir y conoce el lugar; pero la indicación equivocada de un joven (no menonita) que pasaba por ahí en una moto lo hizo confundirse.

Mandar nuestra ubicación, es la primera reacción obvia en estos tiempos de tecnología, para recibir ayuda, pero en los campos de Valle Nuevo no hay cobertura de internet. “Tampoco hay electricidad, ni telefonía”, dice uno de los compañeros de viaje de Página Siete. “Tampoco se oye radio, ni se juega fútbol”, añade. “Están prohibidos televisores y radios”, continúa.

En la búsqueda de nuestro destino, volvemos a ver más de esas casas de cuento. Aparece una en la que se ve a un hombre rubio y alto vestido con un overol negro, una camisa blanca de mangas largas y gorra oscura. El taxi baja la velocidad y vemos cómo se acerca a la puerta principal de la casa y golpea suavemente. Nadie abre, sólo se ve cómo alguien levanta la equina de la cortina en una de las ventanas.

Los menonitas de las colonias radicales, además de las carretas con llantas de hierro, tienen como característica su forma de vestir: en blanco y negro. Los varones con overol negro, camisa blanca manga larga y sombreros o gorra oscura. Las mujeres usan vestidos oscuros y pañoletas que cubren sus cabellos siempre recogidos.

Una vida en blanco y negro

La vida dentro de esas casas en medio de la verde Chiquitania es también en blanco y negro; en medio de reglas, prohibiciones, temores y el silencio de las mujeres. Todo a cambio de que, tal vez después de la muerte, se pueda alcanzar el cielo.

Los que nacieron y vivieron dentro de las colonias aseguran que los líderes generan confusión con sus prohibiciones y afirman que prácticamente todo es pecado sin dar explicaciones.

“Si no se cumplen las reglas, se va al infierno. El infierno es un fuego donde se estará por siempre. Si uno se porta bien, obedece, tiene el cielo, pero no se habla del cielo. Y viene la confusión porque te dicen que si vives tranquilo en la tierra, en la próxima vida sufrirás. Tienes que sufrir hasta la muerte creyendo que en la próxima vida estarán alegres, contentos”, señala Paulas Buhler, menonita que nació en la Colonia Cupesi, ubicada en Pailón.

Y las reglas y normas a seguir para llegar al cielo son estrictas. Los que se encargan de hacerlas cumplir son el obispo, ministros y jefes de colonia, en ese orden.

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Si la promesa de la salvación no es suficiente para la obediencia, está la amenaza de la excomunicación. Significa ser marginado de la colonia, social, económica y religiosamente. Implica que nadie, ni la familia, puede tener contacto con el excomunicado, bajo amenaza de también ser “sacado de la religión”.

La opción es salir de la colonia que asfixia, pero significa lanzarse al infierno, que es todo lo que está fuera de ella. Sólo estando dentro se puede merecer la salvación.

Y en ese mundo de afuera, que es el infierno, no podrán desenvolverse. Primero, por el miedo. Segundo, porque, sobre todo las mujeres, no entienden el idioma. Los hombres tienen cierta ventaja porque debido a que trabajan en el campo desde niños (en la agricultura o ganadería) tienen cierto contacto con trabajadores del agro y choferes de afuera, de quienes aprenden algo de castellano.

Aislados y sin educación

Materialmente, la vida dentro de una casa de una colonia como Valle Nuevo es sencilla, iluminada con una lámpara de aceite y muebles imprescindibles.

Los avances y la tecnología están prohibidos. Incluso para la producción agrícola y ganadera, que son el sustento. Las llantas de goma para tractores y carretas son prohibidas.

Un teléfono celular, una radio o un televisor es algo impensado, igual que un periódico.

Esas reglas y prohibiciones están escritas en la Biblia, eso dicen los líderes. Nadie los cuestiona porque está prohibido leer ese libro. Además, la gran mayoría no podría hacerlo porque no saben leer. En la escuela, a la que se asiste entre los seis y 13 años aproximadamente, sólo se aprende de memoria un libro de catecismo escrito en alemán alto, cuando todos hablan el antiguo alemán bajo o plautdietsch.

Muchos aceptan esta forma de vida, pero otros ya no.

Reglas y obediencia

En Valle Nuevo no todas las viviendas son tan bonitas como las que vimos en el camino, afirma Peter Knelsen. En la que él nació, hace 37 años, las paredes eran de calamina y el piso de tierra. Peter es uno de los menonitas que ya no está de acuerdo con la forma de vida en la colonia, y como él hay más.

“Así era la casa de mis padres, de calamina y con piso de tierra. Éramos 11 hermanos, cinco mujeres y seis varones”, cuenta el menonita boliviano de ojos azules brillantes y tez rosada.

“No se permite la electricidad, teléfono, radio, ni nada”, señala.

Lo que más lamenta Peter de su vida en la colonia es que no pudo estudiar. Lo que sabe de leer y escribir en castellano lo aprendió de “un boliviano” que trabajaba con su padre. Recuerda sus días en la escuela y expresa: “Era sumamente aburrido y lo peor es que después todo lo que se aprende no sirve para nada”.

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“Perdón por mi castellano pero no puedo decir muchas cosas como debe ser”, añade con un gesto de frustración y molestia.

“Los niños tienen que leer el catecismo hasta aprenderlo de memoria y también algunos versículos de la Biblia. Se aprende todo de memoria pero nadie explica el significado de las palabras”, continúa.

En la escuela los niños y las niñas están siempre separados, incluso a la hora del descanso o el recreo.

No practican ningún deporte, ni juego que impliquen el contacto físico porque representa simplemente un “pecado”.

“Te enseñan a hacer caso a todo lo que te enseñaron, sino te irás al infierno. No electricidad, no salir a estudiar, ropa oscura, no tractor con llantas de goma. Te dicen que con todos esos requisitos tal vez puedes ganar el cielo”, señala Peter.

Y nadie puede seguir estudiando. Primero, porque no se puede salir de la colonia sin permiso y, segundo, porque sus escuelas no están sujetas a la normativa boliviana. No entregan libretas ni otro documento que respalde el nivel educativo para seguir estudiando.

Los niños empiezan a trabajar a corta edad en la agricultura o ganadería, actividad principal de los menonitas en Bolivia. Manejan el tractor a los ocho años y la faena es casi como para un adulto.

Las niñas, después de ir a la escuela, entre los 12 y 13 años, se quedan en la casa, ayudando en los quehaceres. Cuando cumplen los 16 años tienen permiso para salir, pero sólo los días domingos y hasta determinada hora.

Visten de blanco o ropa clara hasta el matrimonio. Después sólo usan vestidos negros u oscuros.

Sin nada que hacer

Abran Banman también creció en la ortodoxa Valle Nuevo. Recuerda su juventud sin nada que hacer después del trabajo, sobre todo los domingos. “Yo bebía mucho. Si no había bebida los domingos, no había domingo. En el templo decían que no se podía hacer, pero sólo eso, nunca nos mostraron otro camino”, cuenta.

En la colonia los jóvenes tampoco hacen deporte, no pueden cantar, ni oír música.

De acuerdo a la normativa que dio marco al ingreso de los menonitas al país, no realizan el Servicio Militar Obligatorio.

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Matrimonios y propiedad

Los matrimonios comienzan a partir de los 15 años de la mujer, aproximadamente. Pero si algún menonita quiere casarse, primero tiene que bautizarse.

¿En qué consiste el bautismo?

“Si lastimaste a alguien o cometiste otras fallas tienes que ir a pedir perdón al ministro y él te prepara. Si cumples los requisitos, te bautizan. Prohíben salir de la colonia, manejar vehículos, usar teléfono celular y vestir un pantalón normal; sólo se puede usar el overol oscuro. Si eres bautizado, eres miembro de la iglesia”, explica Peter Knelsen.

Si se incumple esas reglas vienen las sanciones, que en muchos casos pasan hasta por golpizas y torturas. Abran Banman aclara que en Valle Nuevo no se da ese tipo de castigo.

Sin propiedad

En las colonias los menonitas no tienen propiedades a su nombre. En su mayoría están instalados en tierras fiscales que el Estado les distribuyó cuando llegaron y en otras que fueron comprando a medida que su población fue creciendo.

Las familias viven y trabajan en 20 y 50 hectáreas de tierra que a veces alquilan. Si alguien quiere vender, sólo puede monetizar las mejoras que hizo en la propiedad; es decir, si construyó una casa, se puso una plantación, una cerca, etcétera.

La cantidad de hectáreas determina también el monto de dinero que recolectarán los líderes para asuntos comunitarios Si se pide 10 dólares por héctarea, la persona que detenta 50 hectáreas tendrá que pagar 500 dólares.

Si alguien necesita un préstamo y necesita dar como garantía su tierra, son los líderes los que les otorgan un documento que avala que ocupan determinado campo y superficie. Actualmente, los líderes de la Colonia Valle Nuevo les niegan ese documento a los menonitas excomunicados y los presionan para que dejen las tierras y las vendan. Pero, a diferencia de otros, decidieron no hacerlo y quedarse a enfrentar la excomunicación en sus tierras.

Peter Knelsen y Abran Banman son dos de esos hombres que junto a Einrich Martens, Franz Peters, Friessen Klassen y Peter Schmitt decidieron dejar de vivir en blanco y negro, pero no es fácil, para ellos ni sus esposas e hijos que los acompañan, porque además de la excomunicación, fueron demandados por los líderes de la colonia por una escuela que construyeron.

Página Siete buscó a Cornelius Firesen Teichroeb, uno de los jefes de la colonia que demandó a los menonitas excomunicados. Él vive en una de esas casas bonitas en medio de ese paisaje verde. Nos atendió con una sonrisa, pero preguntando insistentemente quién nos condujo hasta él.

Prefirió no responder a las preguntas que teníamos para él, argumentando que se reuniría con la colonia. Tomó nuestros datos del credencial y números de teléfonos, afirmando que se comunicaría con nosotros. Después de la despedida, se adelantó a nuestros pasos buscando a quién nos trajo a Valle Nuevo. Cuando estuvimos otra vez sobre los caminos de tierra, apareció un muchacho con overol negro y camisa blanca, montado en una bicicleta, y a toda velocidad fue y vino por la vía, como viendo si no había más intrusos.

El domingo 16 de abril Cornelius Firesen se comunicó con los periodistas de este medio, que se encontraban en La Paz, para decir que aceptaba una entrevista en Valle Nuevo. A los minutos llamó su abogado Erico Suárez confirmando el encuentro. Página Siete viajó nuevamente a Santa Cruz pero la entrevista no se dio, sólo nos atendió el abogado Suárez, quien nos advirtió con una demanda por“allanamiento” a la casa de Cornelio cuando fuimos a buscar su versión. Se insistió con un cuestionario para obtener la voz de Firesen, pero no fue respondido.
“ En la escuela se aprende todo de memoria, pero nadie explica el significado de las palabras”.
Peter Kenelsen
“En el templo decían que no se podía beber, pero sólo eso, nunca nos mostraron otro camino”.
Abran Banman

Fuente: Pagina Siete

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