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Hassenteufel, el chaqueño nómada y abogado feliz que preside el TSE

Óscar Hassenteufel suele ser un hombre sobrio, casi parco; pero cuando habla de su Muyupampa natal, de su pasión por el fútbol o de sus vivencias en Argentina cuando era apenas un niño, los ojos le brillan, la sonrisa le brota en los labios y sus manos gesticulan alborotadas.

Hassenteufel, a sus 78 años, dirige por segunda vez el Tribunal Supremo Electoral (TSE) y, en medio de presiones y tensiones, se apresta a encarar, este 2023, las elecciones judiciales de octubre y probablemente un referendo constitucional por iniciativa ciudadana para reformar la justicia. En 2024 tiene, entre sus tareas, la redistribución de escaños parlamentarios con base en los datos censales y, por si fuera poco, los cabildos de esta semana acaban de advertir al presidente Luis Arce con un referendo revocatorio si no libera a los presos políticos.

El hombre clave en todos estos procesos, si es que llegaran a realizarse, es Óscar Hassenteufel, un chuquisaqueño que vivió por varias ciudades y provincias de Bolivia, pero que reivindica el ser chaqueño porque nació y creció en lo que es hoy el municipio de Muyupampa, en la provincia Luis Calvo. Para mayores referencias, menciona que es el sitio donde capturaron a Régis Debray, el escritor francés que se unió a la guerrilla del Che Guevara en 1967.

Veinte años antes, en 1947, a algún burócrata se le ocurrió que Muyupampa debía llamarse Villa Vaca Guzmán, pero los pobladores, que no fueron consultados para semejante decisión, como acto de rebeldía, siguieron llamando Muyupampa a su tierra natal. Y así es hasta el día de hoy.

Hassenteufel nació en 1945 en la hacienda Guayavillar, en lo que era el cantón Ticucha. Cuando le tocó ir a la escuela tuvo que instalarse en Monteagudo, el pueblo vecino, y luego sería enviado a vivir con unos familiares a Tartagal, en el norte argentino hasta terminar la primaria.

El pequeño Óscar tuvo que aprender todo de ese nuevo país: geografía, historia, himno y terminó siendo el alumno que izaba la bandera celeste y blanco en su escuela. Y, así, el que era llamado collita por haber llegado de Bolivia, terminó siendo un gauchito más.

Al terminar la primaria, la maestra le comunicó que un hombre llegado de Buenos Aires quería hablar con él. Fue entonces que tuvo la oferta más tentadora de su corta vida. Ese hombre lo invitaba a ser parte de la Marina argentina con la única condición de que su padre firmara una carta de consentimiento. “¿Pero no habrá problema con mi nacionalidad?”, preguntó el ya adolescente Óscar. Al ver que su interlocutor no entendía la pregunta, Óscar se apresuró a aclararle que era boliviano. “Vos no podés ser boliviano”, le habría dicho el emisario que, seguramente cargado de prejuicios, no podía relacionar esa nacionalidad con un rostro blanco, pelo rubio, apellido europeo y la excelencia académica en la libreta escolar. “No importa, te nacionalizamos”, habría contestado luego de unos segundos de dubitación.

El mundo de ilusiones del pequeño Óscar se hizo trizas cuando su padre le envió un telegrama de respuesta desde Muyupampa: “Retorne inmediatamente”. Hassenteufel recuerda que en el tren de regreso a Bolivia no podía dejar de llorar por haber perdido esa oportunidad, porque ya era hincha de Boca, porque creía en el peronismo como su tío, porque era feliz en Argentina. Ahora justifica a su padre indicando que él era del MNR; por tanto, era nacionalista y no hubiera permitido que uno de sus 10 hijos terminara sirviendo a otro país.

Una vez en Chuquisaca, fue enviado al colegio Sagrado Corazón de Sucre, de donde salió bachiller para luego inscribirse en la facultad de Derecho. La decisión, sin embargo, no fue tan sencilla porque “yo tenía que ser médico”. Hassenteufel recuerda que su padre tenía un camión, pero que, por acción de algún abogado, se lo quitaron. “En ese momento decidí ser abogado y, para mis adentros me dije: nunca más nadie va a engañar a mi padre”.

Estando de vacaciones en la hacienda, comunicó a su familia la decisión de ser abogado, lo que provocó sorpresa de parte de todos porque él siempre había querido estudiar medicina y, sobre todo, porque su padre tenía la esperanza de que su hijo se convirtiera en el primer médico del pueblo, donde no había nadie que curara a los enfermos.

Recuerda que se inscribió en la facultad de Medicina, pero a los dos días decidió que eso no era lo suyo, entonces “me inscribí en Derecho y fui feliz”.

También fue feliz su padre, quien empezó a ver los resultados del esfuerzo cuando Óscar estaba en tercer año de Derecho y empezó a escribir modelos de contratos que le enviaba a Muyupampa. Luego, le ayudaría también con trámites agrarios de su propiedad y, más tarde, ya convertido en abogado, Hassenteufel despegaría en su carrera hasta llegar a lo más alto de la judicatura boliviana: la presidencia de la Corte Suprema de Justicia, que ahora se denomina Tribunal Supremo de Justicia.

A su pesar, su padre tuvo que acostumbrarse a los abogados porque cuatro de sus 10 hijos terminaron abrazando esa carrera. De hecho, Hassenteufel aún vive también rodeado de abogados. Además de tres de sus hermanos, su esposa, dos de sus tres hijos y una nuera son abogados. No faltaría el chistoso que diría que con ellos no hay que entablar pleito.

Una vez terminada la carrera, Hassenteufel se convirtió en el único juez de la provincia Vaca Díez de Beni, con asiento en Riberalta. Luego pediría su traslado a Chuquisaca, para ser juez de la provincia Azurduy.

La Paz sería su siguiente destino, para luego ser superintendente de Minas en Potosí y para nuevamente regresar a La Paz como fiscal, funcionario de la reforma agraria, de la Contraloría y de otras instituciones, hasta que finalmente fue designado magistrado de la Corte Suprema, de la que fue su presidente por dos años. Esos años volvió a instalarse en Sucre.

En 2001, Hassenteufel fue nombrado vocal de la Corte Nacional Electoral y luego de la renuncia del comunicador Luis Ramiro Beltrán ocuparía la presidencia de la institución durante cinco años. Esa institución, ahora convertida en un órgano del Estado y cuya máxima instancia es el TSE, es la que preside por segunda vez.

Hassenteufel viste de riguroso traje y corbata, pero en sus años mozos le gustaba calzar deportivos y jugar al fútbol. De hecho, es tan apasionado del balón que, cuando ya estaba en la Corte Suprema, junto a otros amigos de Muyupampa, fundó el equipo Guaraní con los jóvenes que llegaban de su región a estudiar a Sucre. Recuerda las glorias del equipo y del técnico que por entonces ganaba 500 bolivianos al mes, pero que se medía con otros que podían ganar por encima de 1.000 dólares. Ahora que su Guaraní ya no existe, Hassenteufel es hincha del Tigre paceño.

Tal vez por eso y porque le tocó vivir muchos años en la sede de Gobierno, se podría decir que su principal arraigo está en esta ciudad, pero la verdad es que vivió en tantos lugares que alguna vez le dijeron que los Hassenteufel son “una familia de nómadas”. Él ríe distendido.
“En ese momento decidí ser abogado y, para mis adentros me dije: nunca más nadie va a engañar a mi padre”.
Óscar Hassenteufel

Fuente: Pagina Siete

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