El retorno del MAS (un cuento muy posible)

Por: Andrés Gómez Vela*

Antes de salir de casa, Cecilia se puso su barbijo, guantes de látex y echó un frasco de alcohol en gel al bolsillo de su canguro. Ni en el recinto ni en su mesa electoral había fila. Presentó sus documentos y uno de los jurados le entregó la papeleta. La veinteañera tomó el bolígrafo y se dirigió al improvisado “cuarto oscuro” de votación, ubicado en una esquina del aula escolar. Desdobló la papeleta y votó contra los candidatos del partido antidemocrático.

Al final del día, retomó la lectura del libro: “Cómo mueren las democracias”. Cuando iba por la página 67, un mensaje con un emoticón de decepción llegó, vía whatsapp, a su teléfono móvil. Era su amigo: Armando. “¡Volvió a ganar el MAS!”, decía el texto. Los resultados preliminares, difundidos por televisión, daban esa tendencia.

Una sensación de impotencia subió y bajó por su espina dorsal. Quería llorar, pero no le salían las lágrimas. Sus pensamientos bullían como un volcán. No podía creer que la rebelión de octubre y noviembre de 2019, que terminó con la renuncia del tirano Evo Morales, haya servido solo para un gobierno de transición. Su memoria comenzó a revisar las páginas de sus recuerdos y encontró uno que retumbó como un eco lejano en su cabeza: “¿Quién se cansa? ¡Nadie se cansa! ¿Quién se rinde? Nadie se rinde. ¿Evo de nuevo? Huevo carajo!”. Imagino al tirano riéndose de ella: ¿No querías Evo de nuevo? ¡Aquí estoy de nuevo. Te jodieron tus líderes!

Pese a que los hechos adelantaban el catastrófico resultado, Cecilia, de facciones mestizas, tenía aún la esperanza, en el mismo momento de votar, que los candidatos antidemocráticos del MAS iban a ser derrotados.

—Yo cumplí— se dijo así misma en un túnel de consuelo hallado en su cerebro entre el ayer y el hoy —Los que no cumplieron fueron Carlos, Jeanine, Jorge y los otros políticos que antepusieron sus intereses personales frente al sueño común: Bolivia con democracia.

Una semana antes, Cecilia había leído el texto: “La quiebra de las democracias” del politólogo Juan Linz, en el que el autor describe con precisión las cuatro señales conductuales que identifican a un político autoritario: 1) Rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego; 2) niega la legitimidad de sus oponentes; 3) tolera o alienta la violencia; y 4) indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación.

Se preguntaba si los políticos que se declaraban demócratas e inteligentes se habían percatado que sus ambiciones personales iban a reponer en el poder a los asesinos de la democracia. También se cuestionaba respecto a la gente que volvió a votar por el MAS: ¿Por qué no se da cuenta que los demagogos y extremistas embaucan con falsas promesas y luego empobrecen a sus pueblos como Maduro?

Los días de Cecilia pasaron entre la decepción y la remota esperanza de un nuevo giro de la historia. No quería que llegué el cambio de mando, pero el tiempo es inevitable. El mismo momento que juró el nuevo Presidente, el extirano retomó el poder.

—¿Viste hoy Página Siete?— le dijo Jacky por teléfono.

—No— replicó Cecilia.

—Evo tendrá un programa diario de dos horas en BTV para dar sus discursos y un día a la semana los medios privados estarán obligados a reproducir la señal.

Pensó en encapsularse para huir de los medios de comunicación. En el segundo día del vetusto nuevo gobierno, el tirano dio a conocer la lista de la venganza. “Delincuentes confesos”, tronó en las pantallas de tv, PC y celular. En el primer mes, Cecilia se enteró que el vicepresidente Choquehuanca ordenó a los bolivianos poner en reversa sus relojes bajo sanción de obligar a los desobedientes a hablar con las piedras. También instruyó a los niños a leer las arrugas en lugar de libros y afirmó que sólo las personas que tengan cara parecida a la de él podrán gobernar Bolivia.

—Ceci, la ministra de Salud habilitó como centros de aislamiento para los enfermos de Covid-19 las canchas de césped sintético. En la inauguración, dijo que un campo deportivo es un hospital— le contó su primo Saúl.

La jóven se propuso vivir en modo “no me importismo”, pero su espíritu libertario lo impulsó a organizar una protesta virtual contra las nuevas medidas el gobierno. Apenas lanzó el primer tuit, el ministro de Gobierno proscribió el librepensamiento.

Dos días más tarde, el ministerio de Obras públicas declaró monumentos nacionales los 31 “elefantes blancos” de Evo que costaron más de tres mil millones de dólares. En tanto, sus bases, los cocaleros del trópico, prohibieron ingresar a los bolivianos al polígono 7, al TIPNIS y a todo el trópico cochabambino.

Cecilia quería salir de ese mundo surreal, pero las noticias la apabullaban.

—Hijita, el ministro de Educación acaba de ordenar mate de coca, ensalada de coca, sopa de coca y pan de coca para combatir el coronavirus— le dijo su abuela.

—No sólo eso, el tirano prohibió la venta de carne de pollo porque dice que el pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas y que por eso los hombres tienen desviaciones en su ser—informó su tío Joaquín

—Miren. El ministro de Culturas acaba de declarar santuario la casa del tirano en Orinoca y templo de oración, su museo—dijo su mamá y mostró la pantalla de su celular.

Si así comenzaba el cuarto periodo del MAS, no quería ni imaginar los cinco años. Salió a la calle a despejarse, dio la vuelta la esquina y vio a una venezolana pidiendo limosna. En un segundo, se imaginó así en otro país. Sintió que sus lágrimas mojaban su barbijo.

*Andrés Gómez Vela es periodista.

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