Democracia: de cavar huecos para huir a salvar la vida por 2 minutos

Entre 1964 y 1982, más de 6.000 bolivianos fueron víctimas de las dictaduras militares en Bolivia. Unos desaparecieron, otros fueron torturados y asesinados, muchos fueron exiliados y la mayoría fue perseguida políticamente para luego caminar con el “testamento bajo el brazo”. Ubaldo Cabezas Ilaque, Emigdio Flores Calpiñeiro, José Murillo Benavídez y Main Barrientos sobrevivieron a esos 18 años del período militar y fueron testigos del retorno de la democracia a Bolivia el 10 de octubre de 1982.

Página Siete presenta las historias de estos cuatro sobrevivientes a 40 años del regreso de la democracia al país.

“Cavé un hueco para escapar”

Entre 1980 y 1981, el radialista Ubaldo Cabezas Ilaque tuvo que dormir noches en un hueco que él mismo construyó en su casa de Alto Chijini para no ser detenido por los militares de la dictadura de Luis García Meza.

El 17 de julio de 1980, las fuerzas militares destruyeron la radio El Cóndor en La Paz donde Ubaldo era uno de los locutores y su vida nunca más fue la misma porque tuvo que sobrevivir con el temor de ser apresado cualquier noche, relata el excomunicador de 72 años.

A cuatro décadas de la recuperación de la democracia en Bolivia, el exradialista cuenta que durante el golpe de Estado de 1980, radio Fides y radio El Cóndor, donde él trabajaba, fueron tomadas por los militares.

“Un locutor que dirigía los programas en aymara nos avisó esa mañana del 17 de julio que los soldados ya había tomado radio Fides y que venían a nuestra radio”, rememora. Menos de dos cuadras separaban a ambas emisoras en el centro paceño.

“Vanos fueron nuestros intentos de querer escapar, los militares entraron y ametrallaron los estudios de la radio. Mi director Jorge Bustillos y yo fuimos golpeados y torturados. Bustillos era de la célula sindical y estaba siendo buscado desde antes”, cuenta Cabezas. Después de varias horas ambos fueron liberados, pero con la advertencia de que serían siempre vigilados.

La radio ingresó a la recordada Cadena Nacional que implantó García Meza para difundir la línea política del Gobierno de facto. Los medios de comunicación en Bolivia fueron acallados.

Sin trabajo, Cabezas y Bustillos trataron de abrir programas de entretenimiento en radios Abaroa y Chuquisaca, pero siempre con el temor de ser nuevamente apresados. Así en 1980, Cabezas tuvo que cavar un hueco en el patio de su casa en Alto Chijini, donde el exradialista se escondía por las noches para burlar el control de los militares.

“Mi vida corría riesgo por eso cavé un hueco en mi casa y dormía ahí cada noche, porque por las noches los militares entraban a las casas”, refrenda.

Ubaldo forma parte de los cerca de 6.000 sobrevivientes de las dictaduras militares en Bolivia desde los 60. “Radio El Cóndor tenía en esa época más de 80 años en el aire, nunca más volvió a ser la misma y mi vida nunca tampoco fue la misma, porque viví con el miedo de ser apresado en cualquier momento”.

“Salvé la vida por 2 minutos”

Emigdio Flores Calpiñeiro, de 72 años, todavía recuerda ese 17 de julio de 1980, cuando el general Luis García Meza lideró el golpe de Estado derrocando a la presidenta Lidia Gueiler Tejada. La convulsión social se apoderó de La Paz, pero a más de 1.100 kilómetros de la sede de Gobierno, una orden circulaba en las calles de Cobija.

“Un amigo me informó que me estaban buscando y que tenía que escapar, si no quería morir”, relata Flores. Sin pensarlo dos veces, el hombre llegó a su casa, sacó la moto y escapó. Dos minutos después, los militares intervinieron su casa y otras viviendas para llevarse a sindicalistas.

Entre 1970 y 1971, el pandino, un hombre regordete y de bigotes, era dirigente estudiantil de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), cuando la casa de estudios superiores era constantemente asediada por su defensa al entonces presidente Juan José Torres, aclamado por el pueblo.

“En 1971, resistimos al golpe de Hugo Banzer en el cerro de Laikakota y después junto a otros dirigentes nos declaramos en la clandestinidad”, cuenta Flores.

Unas viejas fotos en blanco y negro recuerdan cómo algunos dirigentes universitarios fueron apresados cerca del Monoblock Central. Allí están con las manos en la nuca en una enorme fila ante la custodia de los militares.

Flores dejó La Paz y se afincó en Beni, porque la persecución militar se había iniciado. Desde ese departamento salió a Brasil y desde allí a Francia, donde estuvo exiliado.

“Yo nací políticamente en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), pero en ese MIR que nació en las calles”, reivindica el exdirigente que en 1972 se casó de forma “clandestina con una chica francesa, porque me estaban buscando”.

Ya en territorio francés tuvo dos hijos, actualmente el mayor tiene 49 años y el segundo, 37 años. No obstante, Flores retornó en 1978 a Bolivia, la vuelta se dio también con el ascenso del MIR en la escena política.

Pese a los años que habían pasado, Flores aún figuraba en la lista de los más buscados por la dictadura de Banzer. “En 1980 me informaron que había órdenes para matarme, por eso siempre estaba ideando cómo escapar, cómo burlar los controles y cómo esconderme”, relata.

Así llegó el 17 de julio de 1980, cuando García Meza lideró el golpe de Estado derrocando a la presidenta Gueiler. La convulsión se trasladó también a Cobija, donde Vargas ya vivía.

“¡Escápate! Me dijeron varios amigos cuando estaba viviendo en Cobija”, admite. Esa noche, fue alertado de que los militares buscaban a dirigentes sindicales en la capital pandina y Flores se salvó por dos minutos.

Unos seis meses después, el 15 de enero de 1981, uno de los mejores amigos de Flores, Arcil Menacho, fue asesinado junto a otros siete dirigentes del MIR en la masacre de la calle Harrington. Un operativo instruido por el entonces presidente García Meza, cuyo ministro de Gobierno, Luis Arce Gómez, acuñó la frase de advertencia a los opositores de andar “con el testamento bajo el brazo”.

En 1982, Bolivia recuperó la democracia con el arribo de Hernán Siles Suazo. “Yo estaba como todos en la Plaza Murillo y fui testigo de cómo se restableció la democracia. A tantos años puedo afirmar con certeza que nosotros sí supimos andar con el testamento bajo el brazo”, precisa.

“Un mortero mató a mi papá”

Unos 18 años antes de que Bolivia recupere la democracia en 1982, en 1964 un proyectil de mortero explotó en la casa del dirigente minero José Murillo Martínez, en Sopocachi. El hombre de 43 años de edad y de miles de batallas, resultó herido y unas horas después murió, pero lo más grave fue que la explosión también afectó a Ever, un niño de seis años, que perdió la vida en el acto terrorista de los militares.

La recuperación de la democracia fue un tránsito largo desde los años 60 del siglo XX, cuando los gobiernos militares persiguieron y asesinaron a líderes sindicales. El 4 de noviembre de 1964, cuando asumió el poder el general René Barrientos Ortuño a través de un golpe de Estado, la familia Murillo vivió en carne propia la arremetida militar. Ese 1964, cayó el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y se inauguró con Barrientos la época de los gobiernos militares que duraría 18 años hasta 1982.

Ese año, José Murillo Benavídez tenía 13 años. Su padre era el dirigente minero Murillo Martínez que se había destacado como uno de los más importantes dirigentes de la Falange Socialista Boliviana, un partido político opositor al MNR.

“Era el 4 de noviembre de 1964 más o menos a las tres de la tarde y nosotros vivíamos en la calle Claudio Pinilla (zona Sopocachi) cuando explotó un proyectil de mortero en la casa. Mi papá cayó herido y mi hermanito Ever murió, él sólo tenía seis años. A mi papá lo llevaron al hospital, pero a las tres de la madrugada falleció. Nunca supimos quiénes dispararon el mortero”, cuenta con pesar José Murillo Benavídez a sus 71 años.

Junto a su madre Betty Benavídez y su hermana Judith Matilde afrontaron la vida sin su padre y la familia nunca pudo recuperarse de aquel ataque, porque a raíz de las esquirlas del explosivo su hermana Judith sufre aún el mal de Parkinson.

“Ese noviembre de 1964, los soldados y los milicianos se estaban enfrentando en las calles y sin mi padre tuvimos que seguir adelante, por eso mi infancia no fue feliz”, relata José.

El sobreviviente quedó traumado de por vida; con el pasar de los años se hizo joven y luego entró a la UMSA desde donde apoyó el retorno de la democracia que tomó fuerza a principios de los años 80. “En 1982 cuando la democracia volvió al país yo estaba marchando con mis compañeros de la universidad”, en ese entonces José tenía 31 años.

Con poca fortuna en la universidad, José se especializó en realizar trámites de toda índole, pero el recuerdo de la muerte de su padre y su hermano menor le marcaron de por vida.

“Mi padre fue una persona muy noble, él reclamaba por la injusticia contra los más pobres y yo traté de seguir su ejemplo”, indica José.

“Vivimos exiliados en 49 años”

En 1971, Main, de cuatro años de edad, sus cuatro hermanos, su madre y su padre Zenón Barrientos Mamani fueron exiliados a Chile y luego a Cuba, por el golpe que Hugo Banzer Suárez perpetró al entonces presidente Juan José Torres, “El General de los pobres”. Este 2022, Main volvió de La Habana al país después de más de 49 años.

“El nombre de mi padre (falleció a sus 94 años en 2004) estaba en la lista del Plan Cóndor”, relata Main Barrientos, de 56 años, al referirse a la Operación Cóndor, una campaña de represión regional de los gobiernos de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela para asesinar a los dirigentes sindicales opositores.

Zenón, un dirigente minero, se destacó en la Revolución en 1952, por ello su figura trascendió en los años 60 y 70; apoyó incluso, según cuenta Main, a la guerrilla de Ernesto Che Guevara entre 1966 y 1967 cuando llegó a Bolivia. “Éramos cinco hermanos: Elner, Reyna Camila, Franz Zenón, María Nieves y yo que junto a nuestra madre Hilda Jaldín tuvimos que salir exiliados primero a Perú y luego a Chile, donde estaba Salvador Allende (presidente chileno entre 1970 y 1973)”, relata Main.

Después de ser alojados en la Embajada de Suiza en Chile, la familia Barrientos salió en 1973 hacia Cuba, donde se asentaron. Si bien Zenón los acompañó un tiempo en la isla, al poco tiempo retornó a Bolivia para organizar la resistencia a la dictadura de Banzer y allanar así el camino del retorno de la democracia.

Main y sus hermanos hicieron su vida en Cuba, donde lograron ser profesionales. “Recuerdo que en 1982, cuando volvió la democracia a Bolivia yo estaba en la secundaria; después, entendí todo el sacrificio que mi padre realizó para combatir a las dictaduras militares”, añade el boliviano que al hablar desprende un acento caribeño luego de haber vivido 49 años en Cuba.

Zenón Barrientos murió en 2004 en un asilo de la ciudad de La Paz. “Mi papá siempre nos decía que en cualquier momento podían detenerlo, pero eso nunca lo frenó para luchar por la democracia y ése es el gran legado que nos dejó”, rememora.

Las heridas no cierran

Ubaldo Cabezas Ilaque, Emigdio Flores Calpiñeiro y José Murillo Benavídez acamparon también por 10 años en la carpa de El Prado, junto con decenas de familiares y víctimas de las dictaduras militares en busca de atención por parte del Ministerio de Justicia. Una lucha que terminó en parte el 21 de agosto, cuando el presidente Luis Arce firmó el Acuerdo Nacional con las Víctimas de la Dictadura Militar entre 1964 y 1982.

La nueva normativa contempla 1.714 casos de víctimas de desaparición y tortura, entre otros delitos. Hay todavía otras 4.500 personas que también exigen la reparación y que aún no habrían cumplido con todos los requisitos que pide el Gobierno.

No obstante a más de 58 años de la aparición de las dictaduras militares en Bolivia, que acabaron en 1982, las heridas todavía no cierran entre sus víctimas.
“Mi vida corría riesgo en 1980, por eso cavé un hueco en mi casa y dormía ahí. Los militares me buscaban”.
Ubaldo Cabezas, exradialista

Fuente: Pagina Siete

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