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Iglesia Católica celebra hoy el Día de Reyes

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El mundo católico celebra hoy una fiesta muy importante, como es la fiesta de los Reyes Magos, personalidades que, según la tradición, eran reconocidos como sacerdotes eruditos en el Antiguo Oriente. Según los relatos, luego del nacimiento de Jesús de Nazaret los sabios acudieron hasta Belén para rendirle homenaje y entregarle regalos de gran riqueza simbólica, como el incienso, oro y la mirra.

En la Biblia solo el Evangelio de Mateo habla de estos “magos”, sin precisar sus nombres, ni que fuesen reyes, ni que fueran tres. Fue en el siglo III d. C. cuando se estableció que pudieran ser reyes, ya que hasta entonces, por sus regalos y las iconografías que los representaban, tan solo se consideraba que eran personas pudientes.

Para cumplir con la tradición, los creyentes en este día inician una serie de manifestaciones del Señor que se celebran en la liturgia, lo que nos va revelando aspectos importantes del misterio de Jesús.

El 6 de enero es la manifestación de Jesús al mundo y a todas las personas representadas por los Magos, porque todo pueblo, lengua y nación, es acogido y amado por Él; el próximo domingo, con la fiesta del Bautismo de Jesús, visibilizamos la revelación de Jesús al pueblo judío; y el domingo siguiente, recordaremos la manifestación de Jesús a sus discípulos en las bodas de Caná.

Esta fiesta nos ayuda a comprender el misterio de la catolicidad, que explica la venida de Jesús para ofrecernos su propuesta de salvación y de vida plena para todos los seres humanos, de cualquier raza y condición, de cualquier clase social, edad o cultura.

Además la fiesta del 6 de enero es entrañable y muy querida por los niños. Previamente, la noche del 5 de enero se convierte para todos en una noche especial. En cierta manera nos hace a todos un poco niños y nos vincula especialmente con ellos.

La fiesta de los Reyes Magos, tan popular en nuestro país, nos habla de una creencia de adoración al Niño Jesús, es la oportunidad para intercambiar igualmente regalos con las personas a las que queremos. Una costumbre propia de este día, que ya es característica de las fiestas de Navidad.

En nuestra sociedad, cuando hacemos los presentes estamos expresando el cariño que tenemos hacia una persona; también podemos expresar un afectuoso abrazo o expresar lo que significan nuestros seres queridos para nosotros. Cuando hacemos estos actos de presencia nos alegran, nos unen, nos hace sentirnos bien porque supone que alguien ha pensado en nosotros. Es el símbolo de la urgencia que tenemos de vinculación, de relación-religación con las personas, que es precisamente lo que nos ayuda a sentirnos como tales. A través de ese símbolo, estamos manifestando el amor hacia alguien que es lo más propio de nuestra condición humana: nacimos del amor y estamos hechos para amar.

Por eso, el regalo tiene que estar marcado por la gratuidad. El amor verdadero no está condicionado por esperar la respuesta. Así es siempre el amor de Dios. Esta condición de la gratuidad es muy importante, pues aleja de nosotros tentaciones utilitaristas o mercantilistas que deforman el sentido del regalo. La gratuidad nos sitúa en su espíritu auténtico: te doy por lo que supones para mí, te doy porque quiero verte feliz, te doy sin esperar nada a cambio… En este sentido el regalo, ya no material sino el de uno mismo (tiempo, compañía, atención), es un gran signo de gratuidad.

El Día de Reyes nos permite la oportunidad de un recuentro con nuestros seres queridos y un retorno a la simplicidad de valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Desde la austeridad se nos da la posibilidad de abrirnos mejor a los demás y a Dios, y de percibir así el sentido auténtico de las cosas.

En el Niño de Belén, en su fragilidad y pobreza, percibimos especialmente el regalo que Dios nos hace en Jesús. Ese regalo que se prolonga en el misterio de cada uno de nosotros, si correspondemos con esa bendita misión de ser también unos para otros regalo, don. Todos somos regalo recibido y estamos llamados a ser un regalo para todos. Ese es el profundo sentido del intercambio de regalos, sin que el centro de Navidad seamos nosotros sino Jesús. Que la luz de su estrella ilumine los caminos de este año que estamos comenzando. Y que nos regalemos unos a otros cada día la Luz que hemos recibido en esta Navidad. (Agencias)

El Diario.

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