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Sobre el nuevo edificio de la Asamblea Legislativa y el monumento a Cristóbal Colón

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Con la retórica de la mentira a la que se han acostumbrado, las principales autoridades del gobierno masista han decidido aprovechar la inauguración del segundo esperpento arquitectónico en la plaza Murillo -en este caso el millonario edificio de la Asamblea Legislativa- para profundizar la retórica de “cambio” y la supuesta “sepultura del Estado republicano y colonial”.

Como era previsible, en una de las salas más importantes del edificio y sin duda la más vidible: el plenario de diputados, los únicos símbolos que aparecen tienen que ver con la cultura Tiwanaku. Una vez más el aparato de poder del Movimiento al Socialismo, responde al país que lo que se está imponiendo es un discurso único sólo de ida y de afirmación andina e indígena. Los “premios consuelo” de referencias a otras culturas en lugares menores de la edificación, no compensan la temática principal mencionada.

Olvidan con mala intención los autócratas que la reivindicación secular indígena se comenzó a responder por el Estado con medidas fundamentales de integración y de apertura democrática -como no podía ser de otra manera-, tanto en la Revolución de 1952 (reforma agraria, voto universal, código de la educación), como en los gobiernos democráticos desde 1982 (reforma constitucional de 1994 que reconocía una sociedad multiétnica y pluricultural y el artículo 171 referido a los derechos indígenas). Que no nos cuenten ahora la historia de que no se hizo nada por los legítimos derechos indígenas antes de 2006 y que no nos impongan lo mismo que se reclamaba en el pasado, el dominio de una región sobre otras y de una parte de la sociedad sobre las otras.

Bolivia es una nación con presencia indígena y afrodescendiente (40% según el censo de 2012), mestiza y blanca (60%). Su población esta distribuida en múltiples regiones, hoy la más poblada es el departamento de Santa Cruz. Orígenes, culturas, lenguas, regiones que representan una totalidad en el Estado plurinacional. ¿A santo de qué esta imposición andinocéntrica con referentes simbólicos, culturales y geográficos excluyentes? ¿Hasta cuando vamos a seguir soportando la verdad paralela que no es otra cosa que una mentira y un menú histórico a la carta impuesto por Morales y sus obsecuentes seguidores?. Esa ficción no sólo niega el pasado y lo trocea a su gusto, sino que pretende que no existe la Bolivia mestiza que es el verdadero crisol del país, dentro de las diferencias legítimas de la plurinacionalidad para lograr la reconciliación y la paz.

A este propósito y sobre ese debate es tiempo de decir con claridad que la pintada y mutilación que se ha hecho de la estatua de Colón en La Paz (monumento entregado a Bolivia en 1925 por la colonia italiana afincada en nuestra tierra, en homenaje al centenario de la independencia), no es otra cosa que un acto vandálico que no cambiará la historia.

Podrán vandalizar los monumentos que quieran, no sólo estatuas, eso no modifica lo que Bolivia es hoy. Mal que les pese a quienes mienten sobre el pasado, la llegada de Colón a América, la invasión europea desde Occidente en el periodo 1492-1535 y el posterior proceso de colonización durante tres siglos, cambió irreversiblemente y para siempre nuestra historia. Sin ese momento Bolivia simplemente no existiría como nación y nuestra identidad múltiple y diversa como sociedad no sería la que es hoy. La lengua que hablamos el 90% de los bolivianos, buena parte de nuestro valores y creencias, están indisolublemente ligados a ese violento cataclismo (brutal, injusto, sojuzgador, pero también creador y propositivo) que se produjo en el periodo mencionado. Colón cambió la historia no sólo de Bolivia y de América, sino de la humanidad en su conjunto, más allá de lo que fue como persona. Esa trascendencia sigue vigente con o sin monumentos en su memoria. La memoria de ese hecho que partió las aguas de la historia la llevamos en nuestras mentes de cientos de millones de personas.

Tendríamos que dinamitar iglesias, museos, quemar obras de arte, pintarrajear casas de ese periodo, demoler el Palacio de Gobierno y el Legislativo, dejar de hablar castellano, abandonar el cristianismo. Tendríamos que negar el conocimiento de ciencia, técnica y especialmente la revolución de las comunicaciones (cuyo emblema es el celular) aportes desarrollados en buena medida por Occidente. Emprender, en suma, la ruta del absurdo en la que se halla la idea tergiversada de la sociedad perfecta del mundo americano y andino anterior a 1492. Sus habitantes de entonces eran seres humanos con las mismas pulsiones que cualquier otro congénere que haya vivido en el norte de Europa, en el África, en Asia o en Oceanía, cuya característica común fue y es la imperfección.

La historia, con sus luces y sombras, no cambiará porque se pintarrajee una estatua o se construya con despilfarro irresponsable uno, dos o cien edificios que hagan homenaje al gobierno masista. Ya lo intentaron Stalin, Mao, Hitler, Mussolini y Franco; de sus negaciones del pasado no queda nada. La sociedad es portadora de la verdad en su vida colectiva.

Por Carlos Mesa

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