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33 jóvenes cumplen sentencia y se benefician de un plan integral

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En el Centro de Reintegración Social para Varones de La Paz hay 33 adolescentes que cumplen una sentencia y 53 guardan detención preventiva. Los que tienen condena se benefician de un plan integral de vida a corto plazo.

“De los 86 internados que tenemos, 33 tienen sentencia y el resto (53) están con detención preventiva. De este último grupo su permanencia es de una semana o de un mes o dos”, informa la directora de este recinto, Rosario Mendoza.

La trabajadora social Rosmery Ortiz explica que los jóvenes tienen una sentencia de acuerdo al delito que cometieron. “Les dan entre cuatro a seis años”, dice.

Los menores de edad que ya tienen sentencia aplican el Plan Individual de Ejecución de Medidas (PIEM) o plan de vida a corto plazo. Este proyecto se construye de acuerdo al tiempo de permanencia en el establecimiento. “Este PIEM es integral, tiene metas que cumplir en salud, educación, terapias ocupacionales y familiar”, dice.

Una vez que un adolescente cumple la mitad de su sentencia y un día (tres años y un día) y tenga un buen avance en su PIEM “puede acceder a detención domiciliaria”.

Para conseguir este beneficio el equipo multidisciplinario del centro debe respaldar la sentencia con un informe positivo en educación y participación de los diferentes talleres. “Nosotros promovemos la salida de los jóvenes cuando cumplen la mitad de su sentencia”, sostiene.

Pero hay un 2% de los 33 con sentencia que no cumplen un buen avance en el PIEM.

Mendoza recuerda que algunos jóvenes escaparon del centro atando sábanas y trepando por una de las paredes. “Es que este espacio está adaptado”, dice.

Otros internos incluso agreden, extorsionan o no respetan el espacio de sus compañeros en los pabellones, comenta Mendoza. Indica que por eso los educadores se encargan de hacer controles estrictos y supervisan las actividades de todos los internos.

Dentro de las labores que realizan, los adolescentes están obligados a barrer, lavar platos y ollas, cocinar, limpiar los baños y sacar la basura a la puerta. “Cada uno tiene su oficio correspondiente”, dice.

En el ámbito de la salud mental, el psicólogo de este centro José Borda explica que trabajan para que los jóvenes aprendan a expresar sentimientos y reconocer ciertas situaciones que han afectado su vida, además realizan sesiones para que aprendan a controlar la ira y manifestar la culpa.

Ortiz puntualiza que también buscan la existencia de un lazo familiar. Cuenta que varios fueron abandonados. “Otros tienen familiares, pero sus parientes no quieren saber nada de ellos”, asegura. Indica que por eso la unidad de psicología del centro busca que las familias se acerquen y ayuden a estos jóvenes.

Profesores visitan el centro para dictar clases

Los adolescentes internados pasan clases para niveles de secundaria con maestros que acuden al Centro de Reintegración Social para Varones de La Paz. Este año siete jóvenes saldrán bachilleres.

“Si bien entran los adolescentes al centro, no significa que ellos dejen de estudiar. Más bien buscamos restituir el derecho a la educación”, dice la directora de este centro, Rosario Mendoza.

Sostiene que este recinto tiene un convenio con un colegio para que sus maestros dicten clases a los internos. Este año, siete adolescentes del centro están en la promoción. Incluso ya participaron del acto de toma de nombre. “Para participar de ese evento, los familiares se movilizan en sacar un permiso judicial”, dice la trabajadora social y añade que deben cumplir el mismo requisito para el acto de graduación.

Explica que los otros adolescentes están en diferentes niveles, incluso hay algunos oyentes. “Todos los estudiantes acaban de recibir sus libretas electrónicas”, dice Mendoza y explica que si alguno tiene bajas notas, recibe ayuda del personal del recinto.

Los jóvenes también reciben formación técnica de un centro de educación alternativa que envía docentes para dictar clases de computación, alimentación y corte y confección. Este espacio tiene además alianzas estratégicas con otras fundaciones y organizaciones, como Save The Children, Sepamos y miembros de una iglesia cristiana, para que impartan diferentes talleres, como bisutería y marroquinería, entre otros.

“Los prendas que confeccionan, como chamarras y poleras, son distribuidas a ellos mismos. Los productos, como carteras y manillas, son vendidos a sus visitas”, puntualiza Mendoza. Resalta que al concluir los cursos los internos reciben certificados que son presentados al juzgado para que puedan reducir su condena.

Pagina Siete.

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