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El castigo del Tata y la disputa que dio origen a los 2 templos del Gran Poder

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A inicios de 1900, la imagen del Señor Jesús del Gran Poder no tenía casa propia. Peregrinó por varios inmuebles del centro paceño, donde los fieles acudían a depositar una oración y limosnas a las dueñas de la imagen que vivían en alquiler. En ese tiempo, una enfermedad letal comenzó a circular por la ciudad y el dueño pidió a las mujeres que desalojen ante la romería de personas que acudían a su morada. Ellas se fueron, pero el propietario del inmueble fue castigado por el Tata.

Las referencias más antiguas de la imagen la colocan en el monasterio Purísima Concepción, popularmente conocido como “Las Concebidas”. Por muchos años estuvo entre las calles Ingavi y Sanjinés, según la investigación realizada por Xavier Albó y Matías Preiswerk.

La imagen ingresó al monasterio a inicios de la República en manos de Genoveva Carrión. “En él se representaba el misterio de la Trinidad como una única figura con tres rostros”, detalla el documento. El cuadro pasó a las parientes huérfanas o jóvenes niñas que le prestaban ayuda a Genoveva y todas ellas adoptaron el apellido Carrión.

A los pocos años, el convento se trasladó a Miraflores y su economía fue afectada por la nueva construcción. Se redujo el personal de las allegadas e Irene Carrión y María Concepción abandonaron el monasterio con la imagen que heredaron.

En ese momento comenzó un largo peregrinaje de la imagen junto con las huérfanas y beatas que se alojaron como inquilinas. “En cada uno de estos lugares se estableció un culto privado y una fuente de ingresos de las limosas. Pasó la Juan de la Riva, Mercado, la Figueroa, la Yungas y la calle México”.

El lienzo fue pasando nuevamente a compañeras de trabajo o amigas de las Carrión. Irene Saravia, a su muerte, heredó el cuadro a María Belmonte, quien se fue a vivir a la calle Mercado, a la casa del señor Miranda, donde existía la tienda comercial llamada “La Balanza”.

El número de devotos creció y semanalmente iban a depositar sus oraciones y limosnas. Una reseña anónima publicada por la revista Gran Poder, de 1985, da cuenta que “ese trajinar de gente molestó bastante al dueño de casa. Puntilloso porque trajeran enfermedades que aparecieron en esa época en La Paz, (el propietario) exigió a la señora Belmonte su traslado a otra casa”.

Acosada por estas exigencias, Belmonte se fue a vivir a la casa de la señora Aurora Ruiz, de la calle Figueroa. “Se cuenta que tanto el señor Miranda como su familia contrajeron la enfermedad de la exantemática (con erupciones en la piel) y él falleció de forma alarmante. Su muerte originó el corrillo de que era un justo castigo por haber exigido que la milagrosa imagen saliera de su domicilio”, se lee en el texto de 1985.

Señor en busca de una morada

“Entre 1910 y 1920 se hace un primer contacto con el clero para establecer un culto de manera más oficial”, cuenta el texto de Albó y Preiswerk. “La señora Belmonte pidió al padre Tomás de los Lagos Molina, párroco de San Sebastián, aceptar la imagen, pero él se negó. Le sugirieron que lo lleve a la capilla de Pura Pura, pero la idea fue rechazada porque abría sus puertas pocas veces al año.

Recurrieron a la parroquia del Rosario, de la calle Illampu, pero el sacerdote también eludió el pedido. Alegó que no tenía espacio. La mujer se encontró con el padre Luis Terrazas, quien le aconsejó que buscara una vivienda en Chijini, un barrio que recién se estaba formando. En 1912 se abrió la calle Rodríguez y tres años después el mercado Rodríguez.

Celso Mostacedo ofreció a la señora un terreno en la calle León de la Barra e hizo trabajar una pequeña habitación.

La imagen pasó a la casa de un vecino de la misma calle y luego a la del joyero Braulio Salinas. En su casa comenzaron a oficiar ritos religiosos, como bautizos, matrimonios y algunas misas. En ese lugar nace la fiesta del Gran Poder, entre 1922 o 1923.

Para la celebración, el Tata era expuesto en la tienda, pero uno de esos años lo colocaron en la misma vía y adornaron toda la calle. Los vecinos decidieron darle un templo y consiguieron un crédito para adquirir un inmueble en la calle Antonio Gallardo. El culto siguió por varios años hasta la llegada de los padres Agustinos, quienes fueron encargados, desde Holanda, de edificar un nuevo templo. No encontraron un terreno en Alto Chijini. Buscaron en la parte baja del barrio y compraron en Max Paredes, que en ese entonces era el límite de la urbe. “Allí comenzó la construcción del nuevo templo y los conflictos”.

La tensión fue entre los vecinos de Alto Chijini -celosos guardianes de la imagen- y los de bajo Chijhini, quienes ansiaban llevar al Tata a su templo en construcción.

La Segunda Guerra Mundial cortó las comunicaciones de los religiosos con Holanda y las obras concluyeron.

El conflicto estalló cuando el párroco y los vecinos de Chijini bajo intentaron trasladar la imagen al “Gran Poder Nuevo”. El escritor Antonio Paredes Candia calificó como: “el fanatismo religioso llevó a extremos violentos”. “Hubo peleas, batallas campales, heridos y amenazas de sustracción de la imagen, y un atardecer desapareció del altar donde la adoraban”.

Algunos vecinos de Chijini Alto se llevaron la imagen para impedir que sea trasladada al nuevo templo. Regresaron al “Tata”, pero el conflicto duró cinco años. Se decía que los clérigos implicados, incluso, portaban armas de fuego. En 1943 se decidió, finalmente, que los sacerdotes involucrados vuelvan a Europa y que se mande a hacer una copia del Señor del Gran Poder para el nuevo templo y la original se quedó en la iglesia antigua.

Fuente: Pagina Siete

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