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Siete efectos de la polarización

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No, no tienen moral para proponer una reforma a la justicia; nosotros tenemos 55% de apoyo. Si quieren algo, tienen que sumarse a nuestra propuesta porque nosotros somos mayoría. Ellos son golpistas, son derechistas—dice una voz desde un extremo.

—Ellos son antidemocráticos. Su jefe hizo fraude. Son los verdaderos golpistas. Están imponiendo un narcoestado, un narcogobierno. Su propuesta de justicia no sirve, es un disimulo para seguir persiguiendo— responde otra voz desde el otro polo.

He ahí el primer efecto de la polarización. Bloquea los argumentos (el qué dice) y empuja a la exclusión en función del quién dice (masista – derechista). Vale decir, una persona de un extremo no escucha los argumentos de su semejante del otro extremo sólo por considerarlo enemigo. No se detiene ni un instante a escuchar el contenido de la propuesta, menos a evaluar si es portadora de razón.

El segundo efecto inmediato es el quiebre de la democracia entendida, ineludiblemente, como el gobierno por deliberación. Pues, la discusión se hace insoportable porque las personas ubicadas en los polos no deliberan para disentir, escuchar y, luego, concertar. Discuten para insultarse, para descalificarse y para repetir consignas. Las mentes cerradas no divisan el horizonte, sino sólo sus intereses del momento.

Entonces, viene el tercer efecto. Los actores ubicados en los polos reproducen sus sesgos cognitivos de confirmación y paradoja. Al tener miedo a los argumentos del otro semejante, se refugian en sus silos informativos y de opinión. Ahí adentro sólo hay eco, no razones:

—Es un derechista facho, ¿no?

—Sí, es un derechista de mierda.

Si hay alguien que dice:

—Sí, pero tiene razón en algunas cosas.

Si hay uno solo que contradice, será expulsado de la burbuja por traidor, vendepatria, masista o zurdo cojudo.

De este modo, llega el cuarto efecto. Las personas que se ubican al centro de los polos son atacadas desde los extremos porque escuchan razones, porque indagan en las palabras de la otra persona alguna verdad y porque deliberan en lugar de insultar.

Los extremos acosan a estas personas por tener mente abierta. Algunas no soportan esa presión, sienten que no es bueno estar al centro y terminan inclinándose a un polo. Se ideologizan y se alcoholizan con consignas a tal punto que aprenden a excluir al semejante por su ideología; y viene el quinto efecto.

¿Cuál? Se radicaliza el voto duro. Se vuelve más piedra que nunca. Las elecciones dejan de ser fiestas democráticas, espacios de propuestas, momentos intensos de deliberación y de fina ironía y humor. Pasan a convertirse en batallas a muerte, en territorios prohibidos para hacer campaña y en lugares donde se da muerte al pensamiento libre.

Las personas polarizadas votan contra el candidato del otro polo sólo por joderlo. No reflexionan ni en chiste en las propuestas ni en el perfil. (El voto por el candidato de Jallalla para la gobernación de La Paz fue resultado del voto contra el otro polo. Algunos se arrepienten, pero ya es tarde).

Pasamos al sexto efecto. El partido ganador de las elecciones toma el poder no para hacer gestión para todos, incluidos aquellos que no votaron por el candidato de ese frente, sino para aplastar a los que votaron distinto, para perseguirlos y encarcelarlos con cualquier pretexto. Usa todo el poder coercitivo del Estado para reproducirse en el poder porque teme que si el otro polo toma el poder, acabará con ellos.

Así, el poder de turno apela a la desinformación, arma posverdades, difunde mentiras (fakenews), ataca a los medios de comunicación y descalifica a los periodistas. Ve en éstos unos enemigos que desarticulan sus mentiras y generan transparencia.

Se debilita el gobierno por deliberación. La aprobación de las leyes ya no se discute, la tiranía de la mayoría (que es circunstancial, pues, lo que hoy es mayoría puede ser minoría en la próxima elección, y las leyes deben vivir más allá de un periodo de gobierno) las impone.

Así llega el séptimo efecto. Se deteriora la democracia. La gente se cansa de la polarización y percibe que la única solución es borrar del mapa al otro para imponer un pensamiento único. Cree que la democracia no sirve. Cree que la política es lo peor. No diferencia a los actores del sistema político.

Este momento de desafección es peligrosísimo porque trae la predisposición de una gran parte de la sociedad a convocar a un tirano. Entonces, la democracia deja de respirar. Gana el político que hizo de la polarización un medio estratégico para justificar la violencia contra sus enemigos fabricados. Pues, en su criterio y en el de sus seguidores, los enemigos no tienen derechos humanos; por tanto, merecen la muerte.

En cambio, en una cabeza democrática no hay enemigos, sino adversarios con quienes la lucha debe ser bajo las reglas de juego concertadas previamente.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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