El impuesto del humor

¿De qué lado se iba a poner la gente? ¿Del lado de la institución que le cobra impuestos a través de la coerción? ¿O del lado del humorista que le alegra la vida? Obvio. La gente iba a ponerse del lado de quien le hace reír y no de quien le desgracia. Era previsible, menos para el presidente a.i. del Servicio de Impuestos Internos (SIN), Mario Cazón, que afectado por la fiebre del poder amenazó con un juicio al humorista Pablo Osorio por una satírica de los abusos del SIN contra los contribuyentes.

El burócrata creyó que el humorista se iba a poner serio y asustarse con el último párrafo de su carta contra el derecho a la risa: “Solicito que en el día cese o retire dicha publicación difamatoria a la imagen de esta institución y se proceda a retractar públicamente de la misma, caso contrario se asumirán acciones legales que correspondan, así como las denuncias correspondientes ante el Ministerio Público”.

El mal chiste cobró factura al a.i. del SIN porque el humorista afiló aún más su lengua en lugar de temblar, y respondió: “Apelo a que Don Mario se tome un mate de tilo y se le pase el mal sabor y se ría un poco de sí y luego de su institución y luego lo conmino pues a que mejore las cosas observadas porque merece más tiempo el país; él ejerciendo sus funciones que mandándole cartas a un tiktoker que trabaja por sí solo”.

La causa de la risa -aseveró Sigmund Freud- es la incongruencia porque el humor relaciona dos ideas, conceptos o situaciones dispares entre sí, y lo hace de una manera sorprendente que rompe las expectativas del oyente. Así, el humor resulta de la incongruencia entre lo que se espera y lo que finalmente ocurre en un texto oral, visual o escrito o en una situación vivida (Zavitsanou Theofylakti, humor y discurso político).

El burócrata olvidó que el humor genera adhesión social y la arrogancia, burla. Más aún cuando entre chiste y chiste recogió el sentimiento del contribuyente frente al SIN. El humorista causó “una diminuta revolución” (diría George Orwell) en las redes sociales porque después de la risa centenares de personas se quedaron pensando respecto a quién y para qué sirve el Servicio de Impuestos Internos.

Cazón quiso reírse con satisfacción maliciosa y con ese sentimiento de superioridad que da el poder frente al padecimiento que calculó que el humorista iba a experimentar por su taxativa carta. Sólo logró que la persona que no había visto al humorista se solace al compartir el video. Cada click se convirtió en un pequeño acto de venganza contra una de las instituciones con peor imagen.

Con razón, el nobel italiano Dario Fo dijo alguna vez: “La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos porque la risa libera al hombre de sus miedos”.

El humor es demoledor cuando se enfrenta en abierta batalla con el poder. Peor si la Pachamama no otorgó al político medio el don de la inteligencia para reírse de sí mismo.

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La parodia de Osorio causó una descarga de tensión social y subió el estado anímico de la gente porque el hombre no sólo es un “animal político”, sino el “el único animal que ríe”, diría Aristóteles. A excepción del animal político en su faceta de político animal, diría yo.

El filósofo del lenguaje, Mijaíl Bajtín (ruso), escribió en “Rabelais, la risa y la cultura popular” que lo cómico destruye al poder, ya que la risa no solamente es terapéutica sino también una fuerza liberadora.

Es liberadora porque la risa desacraliza con inteligencia el poder y convierte al poderoso en objeto de burla. En consecuencia, el humor es una forma de manifestación de la libertad de expresión.

El constitucionalista español Antonio Pereira Menaut escribió que “el sentido del humor tiene un destacable papel en la vida política práctica. En diversas situaciones totalitarias o dictatoriales, el humor ha sido el refugio de los hombres de espíritu libre y crítico, y no sólo por ser el escape menos arriesgado, sino también porque en esas formas de gobierno todas las proposiciones oficiales han de tomarse rigurosamente en serio, por falsas o extravagantes que sean”.

El humor no suele gustar al poderoso porque lo muestra frágil y porque cree que ofende su investidura. Justo por ello la libertad de expresión también comprende lo ofensivo. A propósito, la Corte Interamericana de Derechos Humanos -en el Caso Perozo y otros vs. Venezuela- estableció: “No sólo debe garantizarse en lo que respecta a la difusión de información o ideas que son recibidas favorablemente o consideradas como inofensivas o indiferentes, sino también en lo que toca a las que resultan ingratas para el Estado o cualquier sector de la población”.

¿De qué lado se iba a poner la gente? ¿Del sacralizado burócrata? No, sino del lado del humorista porque deleitó y causó con la risa un estremecimiento corporal saludable al mover las vísceras y el diafragma de la gente. Pero esencialmente porque le cobró un impuesto legítimo al presidente a.i. del SIN.

Por: Andrés Gómez Vela

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