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[VÍDEO] Sin velorios y en soledad: el último adiós en los tiempos de la pandemia

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El coronavirus ha cambiado los ritos funerarios. Los restos de los fallecidos no son velados ni despedidos en funerales con cortejos masivos. No hay misas presenciales. Ahora prima la intimidad.

El tío de Elvira (nombre convencional) murió días después que el Gobierno decretara en el país la cuarentena total por el coronavirus (Covid-19). Se fue a los 80 años sin ser velado, sin una misa solemne, ni familiares y allegados que escoltaran su féretro hasta el cementerio donde fue enterrado.

“Yo no fui al entierro porque en el cementerio nos dijeron que no podían entrar más de tres personas”, contó Elvira, por lo que su tío tuvo que conformarse con la compañía de un escuálido grupo de dolientes. Los justos para poder cargar su ataúd y recibir el tan merecido último adiós.

“Al sepelio fue mi tía, que vivía con él, otra de sus hermanas y el señor de la funeraria, quien ayudó a cargar el ataúd. Mi mamá no pudo ver cómo enterraron a su hermano”, manifestó Elvira, transmitiendo un sentimiento colectivo de pena y desolación por no haberlo podido ver y despedirse de él por última vez.

El entierro fue rápido y quedó grabado únicamente en la memoria de aquellas -pocas- personas que pudieron presenciarlo: “Mis tías ya son mayores. De haber acudido alguna persona joven, seguramente hubiera grabado el entierro a través de su celular, pero ellas ni siquiera saben sacar una foto”, comentó Elvira, una de las muchas personas que han perdido a un ser querido en los tiempos del Covid-19, aunque no por el virus.

La muerte golpeó a la familia de Helen Laura en plena cuarentena y de la forma más trágica. La joven de 17 años fue asesinada brutalmente a golpes propinados por su pareja el pasado fin de semana en la ciudad de El Alto.

Apenas una decena de familiares pudieron despedirla. Lo hicieron con el más intenso de los dolores y mucha música, l amparo de unas montañas heladas y de la sombra de sus alas.

Las restricciones impuestas para impedir la propagación de la pandemia han cambiado hasta los ritos funerarios. En el Cementerio General de La Paz, cerrado a las visitas en la actualidad, los entierros se han convertido en una especie de acto íntimo donde, además de hacerse a toda prisa, sólo pueden asistir un máximo de tres personas.

“Existe un Protocolo Nacional y una Ley Municipal que establecen cómo tienen que ser los entierros. En este sentido, hay dos elementos diferentes: los que mueren por Covid-19 y los que lo hacen de manera habitual”, explicó el director de Empresas, Entidades y Servicios públicos de la municipalidad, Javier Martín Fabbri.

En el caso de las personas que no han fallecido a causa de la pandemia, el entierro se hace de manera “absolutamente rápida” y en presencia de tres familiares o allegados, no más.

Mientras que la primera disposición final de los fallecidos a causa del Covid-19 es la cremación: es decir, la incineración del cuerpo del difunto.

“Cuando llega la carroza fúnebre nosotros sacamos el cuerpo y lo ingresamos directamente a nuestro horno crematorio. En este caso también puede asistir un número determinado de familiares, exactamente tres, pero por medidas de seguridad no pueden estar presentes en el proceso, tienen que esperar en un lugar específico dentro del cementerio”, sostuvo Fabbri.

Añadió que en muchos casos estos cuerpos llegan solos en el carro fúnebre, sin la presencia de ningún ser querido, en la más absoluta -y dolorosa- soledad.

Las medidas de prevención de la pandemia del coronavirus hacen que dar el último adiós a nuestros seres queridos sea más difícil que nunca. Los rituales de duelo como el velorio, el funeral y el entierro ayudan a las personas a asimilar y aceptar la pérdida sufrida de su ser querido y les aportan el soporte emocional a través de la compañía de familiares y amigos. Algo casi imposible en la actualidad.

Los rituales funerarios andinos

En el mundo andino hay una serie de costumbres y relaciones afectivas relacionadas con el entierro de los difuntos. La forma tradicional de preparar el cuerpo para su viaje consiste en proveerle de zapatos de papel para que pueda volar rápido; una escoba para que vaya barriendo el camino; un huevo de gallina para expiar su culpa y quinua para que cuente los granos y no se aburra.

En las comunidades andinas, el velorio es una expresión profunda del ayni y durante el mismo la familia doliente invita coca, cigarros, té con té, soda y pasankallas.

“Todo se hace de manera comunal y los entierros siempre son durante la tarde, donde también hay una costumbre final”, contó el antropólogo Pedro Pachaguaya.

El traslado de sus restos al cementerio corresponde a la comunidad, personas que en lo posible no tengan lazos sanguíneos con él o la fallecida, mientras que la familia permanece fuera.

Una vez enterrado, los dolientes reciben un saludo de mano y un abrazo de todos los que asistieron y, de vuelta a casa, prenden una fogata en la puerta “para olvidar la pena”.

«Si se va a tomar alguna política es importante tomar en cuenta estas cosas con el objetivo de que no haya convulsión social. Tiene que haber un trato bien afectivo con la sociedad”, señaló Pachaguaya.

Dentro del marco de la tradición cristiana asumida en las comunidades andinas, hay otros ritos como organizar misas cada cierto tiempo para salvar el alma del difunto.

Entre ellas está la misa del año, que va acompañada de una fiesta y del quite del luto. Un ritual en el que se deja atrás la ropa negra, simbolo de tristeza.

Página Siete

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