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Marco el Digno

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Marco Aramayo fue libre en su valentía, aunque su cuerpo estuvo preso durante siete años por orden de un tirano. Pudo declararse culpable para salvarse del dolor, pero optó por defender la verdad como Sócrates ante el tirano Critias. Pudo pedir perdón por revelar lo que “la reserva moral de la humanidad” pretendía ocultar y recibir compasión de sus verdugos, pero optó por gritar la verdad hasta el último suspiro como John Lilburne en 1638.

Lilburne fue declarado culpable a sus 20 años por el Tribunal de la Cámara Estrellada por ayudar a introducir clandestinamente en Inglaterra un tratado, impreso en los Países Bajos, contra los obispos. En un caluroso día de verano -cuenta Timothy Garton Ash- Lilburne caminó atado a la parte trasera de un carro la distancia que separaba el extremo oriental de la calle Fleet del Palacio de Westminster mientras lo azotaban sin descanso en la espalda desnuda.

Aramayo caminó y fue transportado enmanillado con las manos en la espalda, según sus cálculos, 40 mil kilómetros (una vuelta a la Tierra sobre la Línea del Ecuador sin desvíos) en seis años (desde el 2015 hasta el 7 de marzo de 2021). Mientras lo transportaban de La Paz a cualquier parte del país y a cualquier hora, azotaban su alma sin comida, sin agua, sin esperanza.

Un testigo calculó que Lilburne había recibido unos 500 golpes, los cuales como el verdugo empuñaba un látigo de tres puntas, sumaban 1.500 heridas. Aramayo contó conmigo en un papel, con letra legible y buen trazo, los nombres de cada uno de los 84 jueces, 91 fiscales, 6 policías investigadores y 32 técnicos del Fondo Indígena que conoció en 259 juicios. Como el verdugo controlaba jueces, fiscales y policías, Aramayo fue encarcelado en 50 cárceles en siete años de calvario.

Los hombros de Lilburne sin curar se hincharon casi como un bollo de un penique por los azotes de las cuerdas anudadas, y después lo obligaron a mantenerse en pie durante dos horas en la picota del patio del palacio. Las muñecas de Aramayo sin curar se hinchaban y sangraban por las laceraciones que hacía las manillas metálicas en cada viaje, y después, una noche, lo obligaron a mantenerse en pie durante tres horas totalmente desnudo en la entrada a la cárcel. Se lo contó al Instituto de Terapia e Investigación (ITEI).  

Allí, pese a las heridas y el sol de justicia, Lilburne empezó a contar su historia a voz en grito y a clamar contra los obispos. Según parece, la multitud estaba encantada. Pasada media hora, vino un “letrado gordo” que le pidió que se callase. A donde era transportado, pese a las heridas y el sol de justicia, Aramayo contaba lo que sabía a voz en grito sobre el latrocinio en el Fondo Indígena. Según parecía (hasta el día en que murió), la sociedad boliviana ignoraba sus denuncias. Cada vez que podían, unos Eichman encarnados en un fiscal, un policía y un juez (gordos por la corrupción) lo torturaban y sentenciaban sin prueba alguna para callarlo.

El hombre a quien el pueblo londinense ya había apodado “John el Libre” se negó a callarse. El hombre a quien el pueblo boliviano tendría que apodar “Marco el Digno” se negó a callarse.

Lo amordazaron entonces con tanta rudeza que le salió sangre a borbotones de la boca. Sin amedrentarse, Lilburne hundió las manos en los bolsillos y lanzó panfletos disidentes hacia la multitud. Torturaron entonces a Aramayo con tanta rudeza que su cuerpo se fue debilitando, más no su alma. Sin amedrentarse, alzó su dedo acusador e identificó a cada uno de los autores (Hilarión Mamani, Rodolfo Machaca, Juanita Ancieta, Nemesia Achacollo, Ever Choquehuanca) del asalto al Fondo Indígena.

Privado de todas las demás formas de expresión, John el Libre dio golpes con los pies en el suelo hasta que pasaron las dos horas. Privado de toda posibilidad de justicia, Marco el Digno siguió diciendo la verdad hasta el último día de su vida (19 de abril de 2022).

Marco el Digno no fue una “oveja discreta”, diría el escritor y humorista estadounidense   Mark Twain, sino un hombre valiente y libre porque hay que ser valiente, ¡carajo!, y tener carácter para estar en contra de una estructura mafiosa llamada “reserva moral de la humanidad”; e identificar en voz alta a los corruptos de su propio gobierno. 

Pues uno es valiente en situaciones adversas, no en contexto de ventaja. El cobarde usa su poder circunstancial para condenar a la muerte a un inocente con el fin de silenciar la verdad, el valiente enfrenta al poder para decir la verdad. Marco dijo lo que sabía con todo detalle. Sus palabras viajarán en el tiempo para dialogar con los que vienen; en cambio, sus verdugos, entre ellos Evo Morales, serán tragados por el agujero negro de la historia y escupidos en la letrina de la ignominia.

Andrés Gómez Vela es periodista

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