Paraíso aurífero llamado La Esperanza

La Esperanza es un campamento minero que pertenece al Distrito Rural 24 del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz, aunque para llegar primero debe atravesarse la población de Caranavi (provincia Larecaja ubicada al norte del departamento de La Paz) y tomar otra ruta que a dos horas de travesía permite avistar el pequeño poblado.

Llegar al lugar no es tan sencillo porque no existe transporte directo, los pocos pobladores para llegar allí deben alquilar un taxi que, en el mejor de los casos, tiene un costo de Bs 50 por pasajero.

La carretera no es transitable en el año, en época de lluvias ocurren frecuentes deslizamientos de tierra que ocasionan mazamorras y que impiden el paso de los motorizados.

Osvaldo, uno de los socios de la cooperativa aurífera que alberga La Esperanza, describe que en algunas épocas del año el camino hacia el lugar se llena de frutales que adquieren un color naranja con otros tonos amarillos y en otras estaciones de un verde intenso. En el paradisíaco lugar también producen yuca, walusa (tubérculo nativo), café, achiote (colorante natural) y otros frutos.

En ese pequeño lugar viven más de 50 jóvenes, que sorprenden a los lugareños de poblados vecinos, por su calidad de vida, que a pesar de no contar con servicios básicos como agua potable y luz eléctrica, gozan de buena salud y llevan una vida placentera.

Adultos y jóvenes (padres e hijos con familia propia), tienen una vida organizada con múltiples actividades. A los jóvenes se les ve jugando fútbol cada final de la tarde y aprendiendo las labores de agricultura y minería.

La carencia de servicios básicos, sumado a la ausencia de un centro de salud y una unidad educativa, impide que los jóvenes y adultos lleven a sus familias al poblado, porque los estudios los obligaron a quedaron en Caranavi hacia el norte de la sede de Gobierno o La Paz.

ORO QUE BRILLA

La Esperanza alberga a una cooperativa aurífera, las casas del campamento están edificadas con tablones de madera elaboradas de los árboles del lugar y el techo es de calamina.

Para paliar, de alguna manera, la necesidad de contar con agua los mineros construyeron una pequeña represa que acumula el valioso líquido que baja de las montañas, aunque no es potable, pero se consume herbida. En cuanto a energía eléctrica cuentan con un motor que les permite contar con iluminación en sus faenas productivas y en las viviendas.

Ninguna compañía telefónica tiene servicios allí, por lo que para acceder allí se debe realizar una caminata de algo más de una hora, hasta una montaña de las cercanías donde llega la señal y es posible comunicarse con sus familias.

El campamento cuenta con una oficina central, cancha de fútbol, comedor y dos áreas d dos pisos con baños y duchas, servicios que cuentan con alcantarillado sanitario, a fin de evitar que el ambiente sea contaminado.

La mayoría de los habitantes no pasan de los 25 años, por ello la frescura y la música no es indiferente, durante todo el día se escuchan melodías que van desde temas clásicos hasta música chicha que alegra el medio ambiente.

En ciertos horarios, se observa a grupos de jóvenes sentados frente al comedor, relatando algunas anécdotas, comentando la jornada laboral, intercambiando películas o simplemente planeando la estrategia para su próximo encuentro deportivo.

Otro lugar de encuentro es la casa de doña Albertina, una señora que a pesar de las dificultades, por la lejanía del lugar, ofrece a los jóvenes gaseosas, o chicha que es elaborada por ella misma, también prepara gelatina, empanadas de queso o tucumanas, con la sazón que ofrece la leña de monte adentro.

Albertina habilitó una mesa grande en la puerta de su casa, donde los jóvenes se sirven las delicias que ella prepara, con sólo apuntar su nombre en un cuaderno, para pagar el día del sueldo.

Al final de la tarde, diferentes equipos participan de un torneo de fútbol donde los ganadores reciben gaseosas. “Es bueno jugar porque nos despeja la mente, ya que no hay internet aquí”, dicen.

Cuando la noche se apodera del campamento, los jugadores acuden al comedor a recibir la última merienda de la jornada para luego descansar y otros deben preparase para ingresar a su turno de la jornada laboral ya que en el campamento se trabaja 24 horas ininterrumpidas en tres diferentes turnos.

LUGAR DE ENCUENTRO

“Barriga llena, corazón contento” reza el dicho popular, bajo esa premisa los socios de la cooperativa contrataron los servicios de la señora Claudia, quien se encarga de preparar el desayuno, almuerzo y cena. Los alimentos son llevados desde la ciudad de La Paz.

Desde las cinco de la mañana, Claudia, junto a dos ayudantes, prepara el desayuno para más de 50 personas ya que el comedor abre sus puertas desde las 7:00.

“No es fácil, pero lo hago con mucho cariño porque los jóvenes son cariñosos, además sé que necesitan comer bien para que trabajen con ganas. Es como cocinar para mis hijos”, dice la mujer.

Un delicioso chocolate, medio lomo al estilo yungueño y un pan casero, elaborado por ella misma es el desayuno de los jóvenes mineros que volvieron a La Esperanza, buscando oportunidades para ellos y sus familias.

El almuerzo, es variado: “El menú debe ser variado, para que tengan de todo, calorías, fibra, verdura, cereales. Además ellos también piden sus platitos preferidos”, cuenta Claudia, mientras prepara los alimentos.

DOÑA ALBERTINA

Albertina es una mujer de la tercera edad, sus hijos y nietos trabajan en la mina. Entre lágrimas recuerda que hace más de 30 años llegó a ese lugar del norte paceño, cargada de su hijo en la espalda y otros dos un poco más grandes.

“Mi esposo se vino por estos lugares buscando oro, se perdió más de un año, yo me quedé embarazada en La Paz, en ese año no sabía lo que pasó con él, si seguía vivo o murió, ya que no había manera de comunicarse, nació mi hijo y a las pocas semanas él volvió, no sabía yo cómo reaccionar, sólo lloré”, cuenta.

Albertina, muy joven aún, acompañó a su esposo a un lugar donde no había camino ni todas las comodidades que una ciudad como La Paz ofrece, con su bebé de tres meses en la espalda y sus dos hijos mayores emprendieron la travesía.

Cuando llegaron al lugar, cuenta, le consumió el susto porque ni siquiera tenían un lugar fijo para dormir, “todo era bosque y estaba sólo mi familia, los ruidos del campo, los bichos y la falta de carretera, todo era tan diferente a la ciudad”, recuerda con una expresión cargada de nostalgia.

En cuanto aclaraba el día empezaba a cocinar a leña, generalmente con lo que producía en el lugar y algunos alimentos que podía llevar desde la ciudad. Terminadas las labores domésticas junto a su esposo empezaba la búsqueda del metal precioso, que muchos días no se dejaba ni ver.

La mujer que dejó la comodidad de la ciudad trabajó por varios años junto a su esposo, sacando una mínima cantidad de oro que sólo alcanzaba para comprar los alimentos, empero cuando la beta empezó a crecer los vecinos de las comunidades próximas los avasallaron y ante la amenaza de una segunda toma decidieron hacerlos socios.

ESCUELA

Posteriormente, cuando los socios y sus familias se establecieron en el lugar, lograron abrir una escuela para sus pequeños y la situación iba mejorando. Más tarde, según cuenta Albertina, llegó un extranjero que también se hizo socio e inyectó capital para hacer una pequeña presa de agua que modernizó el lavado de arena, mejoró la carretera con su maquinaria, y llevó un motor de luz.

Sin embargo, como detrás de algo bueno hay también el lado malo, éste socio al que le llamaban “el Gringo”, les prohibió llevar a sus familias y cerró la escuela. “Hasta masticar coca (pijchar) les prohibió, a pesar de que sin el pijcho los mineros no entran al socavón”, dijo.

MINERÍA

Es conocido que en el sector minero, principalmente en las cooperativas pequeñas como La Esperanza, se mantienen con el trabajo de todos los miembros de la familia que quieran participar.

A decir de muchos jóvenes que volvieron al sector, la situación económica del país no está bien, porque no existen fuentes de trabajo en las ciudades y si las hay son mal remuneradas, por lo que se vieron en la necesidad de volver al lugar de sus abuelos esperando un mañana mejor para sus hijos.

Varias historias se tejen en La Esperanza: “Volví porque sólo encontré un trabajo de promotor de ventas en La Paz, vendía libros y ganaba comisiones, pero a veces no se vendía nada y no sacaba ni para comer, ahora tengo comida y un sueldo, el trabajo no es fácil pero no hay de otra, lo más difícil es estar incomunicado”, dice uno de ellos.

“La vida no es fácil, el trabajo menos. Yo me fui a trabajar a todo lado, en ferrocarriles y hasta cosechaba en Chile o Perú. Tampoco es fácil este trabajo, por eso tengo que ahorrar para mis hijas. Lo más duro es no ver crecer a tus hijas, estamos solos aquí, nos entretenemos jugando y con el trabajo, pero llega un momento en el que te desesperas por tu familia”, cuenta otro joven.

Éstos jóvenes que volvieron a la comunidad de sus abuelos, buscando un futuro mejor para sus familias, se encuentran temerosos, porque circula un fuerte rumor de que “el Gringo”, que alguna vez llegó a sembrarles esperanza, ahora vuelve con sed de venganza, no obstante de que dejó el país hace más de tres años, saneando las cuentas pendientes, a través de un acuerdo con los socios.

AGRICULTURA

Pese a que nadie se enriquece trabajando una pequeña parcela, para la mayoría de los jóvenes de La Esperanza cosechar café, walusa, achuete o yuca, representa un segundo ingreso.

“Lo hacemos porque nos gusta cultivar alimentos y conectarnos con la comunidad”, explican a tiempo de aclarar que las ganancias son algo secundario.


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