Nostalgia por tradiciones de antaño en tierra chapaca

    De acuerdo al libro Estampas de Tarija del escritor Agustín Morales Durán resultaba algo tradicional en las costumbres y distracciones de la población el concurrir jueves y domingos en la noche a escuchar los conciertos, que ofrecían las bandas de músicos, sean militares cuando había unidades de guarnición o de la más conocida y popular banda departamental de la Policía de Seguridad.

Pasadas las siete de la noche, principalmente en primavera y verano, un poco más temprano en invierno, comenzaban a asistir a la plaza Luis de Fuentes toda clase de gente, tomando ubicación en los bancos, sofás o paseando en los contornos de la plaza.

Carmen de 60 años cuenta que las personas mayores se adueñaban de los sofás, los jóvenes preferían pasear en grupos bulliciosos y risueños, que con poco interés por los acordes musicales se dedicaban a comentar las ocurrencias, criticándose o dedicándose a charlar de lo que estaba de moda.

En cambio las personas más serias apreciaban los compases de la banda al tiempo que también conversaban con más reposo. Los chiquillos mientras tanto correteaban por avenidas, jardines y entre los bancos, jugando a “las escondidas”, a “la chimalina” u otros entretenimientos.

Mientras tanto los hábiles músicos se desgañitaban en el kiosco haciendo vibrar sus metálicos instrumentos con la mirada atenta a su director. Tocaban valses, fox, trox, polcas, pasos dobles y las alegres tonaditas de la tierra. Entretanto, en el centro de la plaza las sirvientas, mochas y jovenzuelas hacían de las suyas. Jugando con sus galanes y aprovechando la oscuridad.

De acuerdo al libro del escritor Agustín Morales, cada retreta tenía su encanto porque constituía un motivo para reunirse con amigos, citarse entre enamorados o simplemente encontrarse.

Otra sana distracción que apasionaba años antes, y que era practicada en los patios de las casas, en las tranquilas calles y esquinas, en los atrios de las iglesias, en las playas de los ríos y en cuanto terreno baldío había era el juego de pelota o fútbol, que reunía a amigos en reñidas contiendas con la clásica pelota de trapo. Una de cuero era sólo un privilegio para los grandes y diestros futbolistas.

Pero a Tarija también le emocionaba la llegada de los circos aunque seguramente debido a la distancia no fueron frecuentes las visitas de éstos y otros espectáculos ambulantes de relieve.

Sin embargo, de vez en cuando alguno que otro circo distraía a la gente con sus payasos, acróbatas y demás artistas. Las carpas se levantaban en alguno de los tambos o en las pampas viejas. “Yo recuerdo haber ido a ver los pocos que llegaban, ninguno trascendental, pero siempre novedosos como diversión”, dijo Carmiña Castillo de 70 años.

También con motivo de alguna fiesta se preparaban carreras de caballos, atrayendo a toda la población hasta las planicies que existían al final del parque Bolívar; allí había que ver un lujo de cabalgaduras.

Aparecían jinetes de la ciudad y del campo para intervenir en las carreras que siempre resultaban emocionantes, pero más lo eran para los apostadores.

Las autoridades generalmente ofrecían premios que se disputaban en las diferentes justas, llamando más la atención y provocando mayor interés en los jinetes concursantes.

Ahí se apreciaba la variedad de caballos. “Resultaba realmente un lindo espectáculo aquellas memorables carreras, lástima que cuando en parte de la planicie hicieron cancha de fútbol y se levantaron construcciones, se perdió la extensa pista, acabándose también esa interesante distracción”, dice Carlos Figueroa de 85 años.

El Diario.


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