Bolivia y Chile a la muerte de Allende

Un 11 de septiembre en 1973, Salvador Allende cruzaba, como antes el presidente Villarroel en Bolivia, el Che y tantos otros caudillos populares e indígenas en la historia de la liberación, las puertas de la inmortalidad a causa, precisamente, de su inmolación.

Fue en las primeras horas de la tarde que se produjo el desenlace fatal que acabó con el primer presidente socialista emergente de la vía democrática de las fuerzas populares hacia el poder, elegido en 1970.

“Misión cumplida. Moneda tomada, presidente muerto”, era el parte militar que recibieron los militares de la reacción encabezados por Augusto Pinochet, culminado el asalto a la sede del Ejecutivo, en Santiago.

BOLIVIA, 1973
Para el 11 de septiembre de 1973 transcurrían dos años que la dictadura banzerista regía en el país, desde el 21 de agosto de 1971, cuando la insurrección de derecha emergida en Santa Cruz se consolidó a sangre y fuego en La Paz, aplastando el gobierno militar progresista del general Juan José Torres.

En octubre del año anterior, 1972, el régimen había devaluado la moneda en 67%, y la compensación salarial del 20% no alcanzaba para adquirir todos los productos en alza desmedida; y en los próximos meses se anunciaban aún más drásticas elevaciones de precios en los alimentos que desembocarían en la masacres campesinas de Tolata y Epizana, Cochabamba, enero de 1974.

Una parte significativa del país pagaba ‘caro’ su adhesión, desde el ya viejo septiembre de 1969, con el general Alfredo Ovando, a la perspectiva progresista de izquierda, a dos años, asimismo, del asesinato del Che Guevara, también en otro octubre, pero de 1967.

La ‘primavera’ boliviana no había sobrepasado los 22 meses, sumadas las dos administraciones de Ovando (26-sept 1969/6-oct 1970) y de Torres (7-oct 1970/21-ago 1971).

Sus principales logros eran la segunda nacionalización del petróleo, el 17 de octubre de 1969, revirtiendo al Estado las concesiones de la Gulf Oil, en el caso de Ovando, pero bajo la guía ideológica activa de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y póstuma de Sergio Almaraz; y la instalación de la Asamblea del Pueblo el 1 de mayo de 1970 por parte del ‘general del pueblo’, además del retiro de un enclave militar estadounidense en El Alto (Guantanamito) junto con la expulsión de Cuerpo de Paz, principalmente.

Allende significaba de alguna manera, desde su asunción en septiembre de 1970 y hasta entrado el tercer año del banzerismo, el desquite por esa primavera que había llegado al país en 1969, precedida por la epopeya del Che y su sacrificio en Ñancahuazú, dando inicio a la resistencia de la izquierda armada que se prolongaría con intermitencias incluso hasta 1990 con el ELN y su comisión Néstor Paz Zamora, también acribillada por el régimen ADN-MIR y la ‘comunidad de inteligencia’ policíaco-militar nacional y extranjera.

Desquite sin importar —o a causa de precisamente— las miles de víctimas y sus familias (Javier Badani refirió en 2016 cien personas “desaparecidas” de manera forzada, 30 asesinatos políticos, más de 400 muertos entre enfrentamientos y masacres, 100 torturados, alrededor de 14.000 encarcelados y 19.000 exiliados), porque la sola existencia del primer gobierno socialista surgido de la democracia, la llamada vía chilena al socialismo, conmovía los mejores sentimientos de una juventud que con el tiempo —y variantes sustanciales— vería en parte concretados sus sueños al rayar el nuevo siglo, con la toma del poder de fuerzas indígenas y populares que están cambiando la trayectoria del continente y del mundo.

“De lejos, fue el momento más democrático y digno de la historia de Chile”, dice por estos días Marcos Roitman en un reportaje para el NYT.

 

El sacrificio: lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición
Por radio Magallanes, 09.10 hora de Santiago, 11 de octubre de 1973, el presidente Allende efectuaba su última arenga al pueblo de Chile, destacando: “Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. Reproducimos textualmente esta alocución:

“Seguramente ésta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de radio Portales y radio Corporación.

“Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron… soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino que se ha autodesignado, más el señor Mendoza, general rastrero… que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno, también se ha nominado director general de Carabineros.

“Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un trance histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.

“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen… ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

“Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider (jefe de tendencia constitucional,  antes que los generales Prats y Pinochet - NdR) y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios”.

“Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos. Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos… porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.
“Seguramente radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.
“El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.
“Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
“¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!
“Éstas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.


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