“Cien años de soledad” cumple 50 años

La escena es parecida a la de “El coronel no tiene quien le escriba”, pero a la inversa. En el relato, una pareja aguarda con terca esperanza por una carta. En la realidad, Gabriel García Márquez y su esposa Mercedes Barcha no esperaban la llegada de una correspondencia, sino el envío de esta. Era 1967, estaban en México, y tenían que mandar hasta Argentina la nueva novela que el colombiano se había tomado 18 meses en escribir. No tenían el dinero suficiente para enviar el mamotreto que, a pesar de su ambiciosa radicalidad, la editorial Sudamericana se había comprometido a publicar. El editor Paco Porrúa le había ofrecido un adelanto de 500 dólares. Tras reunir la cantidad de pesos suficientes, la dejaron en el correo. Se iba a llamar “La casa”, pero a mitad del camino Gabo le cambió el nombre a “Cien años de soledad”. Así comenzaba su leyenda.

Un 30 de mayo de ese 1967 –hace exactamente 50 años– los primeros 8.000 ejemplares del libro saldrían de la imprenta. Se venderían en apenas 15 días, tras lo cual vendría una vertiginosa ruta de reimpresiones y traducciones. Contaba García Márquez que la idea de escribirlo le llegó mientras iba en auto con su familia, cuando se sintió “fulminado por un cataclismo del alma”. Así surgiría la primera frase de la novela, hermosa y célebre, con el coronel Aureliano Buendía recordando el día en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

Pero el proceso de creación de la obra fue más bien de hambre. García Márquez contó en varias ocasiones las penurias que tuvo que pasar ese año y medio de escritura. Afincado mentalmente en su Macondo personal, el autor tuvo que sobrevivir de las donaciones de sus amigos, quienes lo alentaban a culminar el relato sobre el árbol genealógico de los Buendía. Entre quienes más lo apoyaron estuvieron el director de cine Luis Alcoriza y Janet Riesenfeld. Y justamente por eso, en señal de agradecimiento, Gabo les ofreció un obsequio que, hasta hoy, es una reliquia.

Cuando García Márquez recibió las pruebas de imprenta de la novela, comenzó a hacer sus meticulosas correcciones. Pero una vez hechas, nunca devolvió las galeras a la editorial, sino que envió sus observaciones aparte. Las pruebas las reservó para Alcoriza y Riesenfeld, con una dedicatoria en la primera página: “Para Luis y Janet, una dedicatoria repetida, pero que es la única verdadera: ‘Del amigo que más los quiere en este mundo’, Gabo, 1967”.

Los 180 folios que componen esas pruebas de imprenta están llenos de observaciones tan simples como erratas –palabras pegadas, una letra comida, una tilde que se escapa– o tan finas como el famoso detalle de las mariposas de Mauricio Babilonia: Gabo precisaba con letra corrida que tenían que ser amarillas. Junto a esos detalles delicados también hay tachaduras más toscas, líneas completas que el autor borró. Así, en un total de 1.026 marcas –a veces hasta 20 por página–, fue esbozando los entresijos de su obra cumbre.

El tesoro literario tiene una inscripción más. Casi 20 años después, Alcoriza se reunió con un García Márquez ya galardonado con el Nobel, y le mostró las pruebas de imprenta. Cuando el escritor le sugirió que podría sacar una buena suma de dinero con ellas, Alcoriza le dijo: “Prefiero morirme antes que vender esta joya dedicada por un amigo”. Gabo sacó un bolígrafo negro y al costado de su primera dedicatoria agregó: “Confirmado. Gabo, 1985”.

Pasaron los años y tras la muerte de Alcoriza y de Riesenfeld, el documento cayó en manos del productor mexicano Héctor Joaquín Delgado, su heredero universal (la pareja no tenía hijos ni familia cercana). Durante años, Delgado tuvo guardadas esas pruebas, las más antiguas que se tienen de “Cien años de soledad”, pues García Márquez destruyó los manuscritos originales para que nadie conociera los mecanismos de su creación.

En el 2001 y el 2002, bajo la aprobación del propio Gabo, las galeras fueron puestas en subasta por un millón de euros, pero en ninguno de los dos casos apareció postor. “Nadie quiere ‘Cien años de soledad’”, tituló la BBC y ni la misma galería que organizó la venta se explicaba el fracaso. “No nos explicamos por qué nadie ha cubierto la cantidad mínima”, señalaban.

Desde entonces, aunque ha habido interés de algunas instituciones y fundaciones (la Universidad de Texas, que en el 2014 compró todo el archivo del escritor por 2,2 millones de dólares, también le ha puesto el ojo), los folios siguen inamovibles y amarillentos en la misma cajita marrón en la que los entregó Gabo. Delgado, el propietario, asegura que no tiene ningún apuro en rematarlos. Lo que sí se pregunta es cómo un objeto tan valioso no ha encontrado un depositario.

En Colombia lo quieren, pero hace unos años, el Ministerio de Cultura explicó en un comunicado que simplemente no tenían presupuesto. Ante eso, Delgado se hace una pregunta válida. “¿Las galeradas son muy caras? ¿Cuánto vale un tanque, un avión?”.

A 50 años de existencia, la mitad de su propia edad, los “Cien años de soledad” de García Márquez siguen en busca de compañía.

BOGOTÁ, COLOMBIA/Agencias


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